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Un viaje hacia la piel del tiempo

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En el confín de las palabras, donde la escritura no es sino un eco de lo vivido, emerge la poesía de Alfonso Becerra Álvarez. Su trilogía—esa criatura literaria que serpentea entre la crónica urbana y la epifanía mística—no es un mero acto de creación, sino un viaje hacia la piel del tiempo.

Comienza en el encierro: En Lavapiés los días son poesía, donde el espacio reducido de un piso en plena pandemia transfigura su confinamiento en un mapa emocional de sonidos, memorias y presencias que se niegan a desaparecer. Escribir aquí es, más que relatar, sumergirse en la oscuridad doméstica para alumbrar las sombras con la luz titilante del recuerdo.

El tránsito hacia Para ellas para ellos presagia algo mayor: el diario deviene liturgia, el hablar consigo mismo se vuelve diálogo con lo invisible. Hay, en esta búsqueda, una fascinación por la iconografía custodial de la mística española que Vicente Aleixandre y José Hierro tal vez nunca habrían imaginado en estas calles de asfaltos y luces de neón. La poesía de Becerra no rehúye la ancestralidad, sino que la traslada, como un acto de conjuro, al corazón mismo de la contemporaneidad.

Cierra la trilogía Y de repente todo es amor, que es ya un canto corpulento, un rito al que se llega después de haber atravesado múltiples desiertos interiores. El amor deja de ser un mero sentimiento y se convierte en una materia gravitacional que obliga a repensar la propia autonomía del poeta.

Esta sucesión de libros demuestra, con la contundencia de quien no teme a la evidencia, que la poesía es antes que nada una forma de resistencia, una negociación constante con el fracaso y la belleza. Becerra dialoga con la historia, se expone a la incertidumbre y, en última instancia, consigue dar voz a los ecos que reverberan en el espacio residual entre el silencio y la palabra.

Leer a Becerra es atravesar un espejo ondeante donde la memoria y el instante se confunden, y donde lo sagrado no es una abstracción sino un elemento intrínseco a la cotidianidad.

En definitiva, la obra de Alfonso Becerra Álvarez no solo invita a la lectura; reclama una forma distinta de habitar la poesía, una que se escribe y se siente con la conciencia de que cada verso podría ser el último y el primero al mismo tiempo.