La voz del poeta que desafió a Dios sin renunciar a Él
La poesía, cuando es verdadera, nace de la intemperie del alma y del deseo de nombrar lo innombrable. Así habló Arquipoeta, el volumen en que Miguel A. Torres Morales reconstruye la figura del Arquipoeta Barranquino, poeta mestizo del virreinato peruano, constituye uno de esos hallazgos que obligan a replantear nuestra comprensión de la religiosidad colonial y de la disidencia espiritual en Hispanoamérica. La memoria fundida con el presente cobra aquí una especial intensidad, pues el manuscrito nos devuelve la voz de un hombre que vivió en el límite entre la fe más ardiente y la herejía más peligrosa.
Torres Morales ha realizado un trabajo arqueológico de rescate textual que trasciende la mera labor filológica. Su edición paleográfica, acompañada de un aparato crítico generoso y a veces abrumador, nos permite asomarnos a la conciencia atormentada de un poeta que tuvo la audacia de llamar mequetrefe al arzobispo de Lima y de denunciar a la Inquisición como instrumento de muerte disfrazado de fe. Pero lo que distingue a este libro de otras recuperaciones históricas es la tensión irresoluble que lo atraviesa, esa dialéctica entre el amor místico y la crítica institucional que sitúa al Arquipoeta en la tradición de los grandes heterodoxos españoles, aquellos que amaron a Dios con tal intensidad que la Iglesia debió perseguirlos.
El poeta mestizo, formado con los jesuitas según declara el propio manuscrito, desarrolló una religiosidad que no puede reducirse a las categorías convencionales. Cuando escribe «Viene la Inquisición, viene el arzobispo mequetrefe, disfrazado de cuervo negro», no habla desde el escepticismo ilustrado ni desde la comodidad del ateo moderno, sino desde una fe que se niega a domesticarse, una espiritualidad que reconoce en los templos institucionales no la morada de Dios sino «jaulas fabricadas para Dios por los falsarios». Esta inversión radical del lenguaje sacro constituye acaso el gesto más audaz del libro, pues implica que la verdadera blasfemia no reside en la duda sino en la instrumentalización de lo divino para fines de poder.
Torres Morales nos recuerda, con erudición puntillosa, que el Arquipoeta se inscribe deliberadamente en el linaje de los místicos perseguidos. La referencia a Teresa de Ávila, a San Juan de la Cruz y al beato peruano Juan Macías no es casual ni ornamental, sino que establece una genealogía de resistencia espiritual. Estos fueron los santos que la Iglesia encarceló antes de canonizarlos, los que experimentaron a Dios en la soledad del desierto interior mientras los prelados administraban sacramentos desde palacios. El Arquipoeta comprende que el camino místico pasa necesariamente por el sufrimiento y la incomprensión, y que el celo por la Casa del Señor puede convertirse en acusación de herejía cuando quienes administran esa Casa han olvidado al Señor.
La lengua del poeta, rescatada con minucia admirable por Torres Morales, exhibe una riqueza que oscila entre el barroco conceptista y la invectiva profética. Sus imágenes teológicas poseen la densidad de quien ha leído a Duns Escoto, a Francisco Suárez y a Tomás de Aquino, pero también la urgencia de quien escribe sabiendo que cada palabra puede costarle la vida. Hay en estos versos una honestidad brutal, especialmente conmovedora en el poema «Arte de Recordarte», donde el yo lírico confiesa a Dios sin ambages, «oh Señor si yo te dijera que te amo por todo lo sufrido, / mentira». Pocas veces en la literatura devocional hispánica se ha expresado con tal desnudez el rechazo de la teodicea consoladora, esa explicación piadosa que justifica el mal como pedagogía divina.
Lo que me parece más significativo del trabajo de Torres Morales es su capacidad para situar estos textos en su contexto sin neutralizar su potencia subversiva. El editor nos proporciona todas las claves históricas, teológicas y lingüísticas necesarias para comprender el alcance de lo que el Arquipoeta está diciendo, pero no domestica su voz ni la convierte en pieza de museo. Los poemas conservan su filo, su capacidad de incomodar. Cuando el poeta denuncia que los dignatarios eclesiásticos «creen que el alma con el cuerpo fina», está acusándolos de ateísmo funcional, de utilizar la religión como máscara de sus ambiciones terrenales. Esta inversión del discurso heresiológico, donde los verdaderos herejes son los inquisidores, constituye un gesto de lucidez que anticipa la crítica moderna pero desde una posición de fe genuina.
El libro plantea inevitablemente preguntas sobre la autenticidad documental del Arquipoeta. Torres Morales presenta las pruebas filológicas, las referencias cruzadas, los paralelos con otros textos coloniales. Pero hay momentos en que uno se pregunta si importa realmente que este poeta haya existido en carne y hueso o si estamos ante una ficción necesaria, un poeta que debió existir aunque no existiera. La verdad literaria a veces es más profunda que la verdad histórica. Lo que sí sabemos con certeza es que hubo voces así en el virreinato peruano, voces mestizas que habitaron la frontera entre dos mundos y que pagaron con el silencio y el olvido su atrevimiento de pensar con libertad.
La estructura del volumen alterna los poemas con extensas glosas críticas que a veces amenazan con ahogar el texto primario. Esta abundancia de notas, sin embargo, resulta justificada por la dificultad del lenguaje y la densidad de las referencias. El lector contemporáneo necesita estas mediaciones para acceder a un universo simbólico que nos resulta lejano. Aunque debo confesar que en ocasiones habría preferido mayor concisión en el aparato crítico, dejando que los versos respiraran con más holgura. Pero entiendo que Torres Morales ha optado por un modelo de edición maximalista, donde nada quede sin explicar, y hay cierta generosidad pedagógica en esa elección.
La distinción que el Arquipoeta establece entre el Dios verdadero y el demiurgo vano que adoran los poderosos sitúa su pensamiento en un territorio teológicamente peligroso. La influencia gnóstica es evidente, aunque el poeta no desarrolla una cosmología sistemática. Lo que sí hace es plantear una pregunta que resuena con particular fuerza en nuestro tiempo, «No sé si tú eres el que manda en este mundo, / el falso impostor que se oculta en conciliábulo». Esta interrogación no niega a Dios sino que cuestiona si el poder que gobierna el mundo es realmente divino o demoníaco. Es la pregunta de Job, que también cuestionó la justicia divina sin renunciar a la fe, y es también la pregunta de tantos creyentes contemporáneos que no encuentran a Dios en las instituciones que dicen representarlo.
Me conmueve particularmente la soledad del Arquipoeta, esa condición de «arquipoeta de la piedra y del desierto» que ha elegido como camino espiritual. Frente a la religiosidad institucional, que se expresa en liturgias multitudinarias y procesiones fastuosas, él propone el despojo radical de quien busca a Dios «a pie descalzo», en la compañía de «los grandes solitarios». Esta preferencia por los anacoretas frente a los prelados, por la contemplación silenciosa frente a la erudición escolástica, lo sitúa en la tradición de los Padres del Desierto y de los místicos franciscanos. Es una espiritualidad de la intemperie, ajena a toda comodidad institucional.
El lenguaje del Arquipoeta se hace más utilitario cuando expresa su indignación ante la hipocresía selectiva de la Inquisición. Su pregunta retórica, «yo me pregunto por qué queman a los ignorantes, por qué condenan al que posee un gato negro, a los hechiceros y a las agoreras sin fortuna, y por qué no le echan el guante a los grandes heresiarcas», denuncia lo que hoy llamaríamos la criminalización de la pobreza. La Inquisición persigue a los débiles mientras protege a los poderosos que instrumentalizan la religión para sus fines políticos. Esta crítica, formulada hace siglos, conserva una vigencia inquietante.
Torres Morales dedica varias páginas a analizar la invocación que el poeta hace de santos populares peruanos, figuras no siempre reconocidas por la jerarquía oficial pero veneradas por el pueblo. Fray Pedro Urraca, Juan Macías, San Francisco Solano conforman un santoral alternativo, una religiosidad que se articula desde abajo y no desde los concilios episcopales. Esta preferencia por la santidad popular frente a los santos de la jerarquía revela una opción teológica y política, la convicción de que Dios se revela en los humildes y no en los poderosos.
Hay pasajes del libro donde Torres Morales se permite un tono más personal, compartiendo su propio proceso de descubrimiento del manuscrito y las dificultades de la transcripción paleográfica. Estos momentos de confidencia editorial, aunque rompen la distancia académica convencional, resultan valiosos porque nos permiten comprender la pasión intelectual que ha motivado este proyecto. Uno percibe que para el editor este no es un trabajo meramente erudito sino un acto de rescate de memoria histórica, una forma de dar voz a quienes fueron silenciados.
La edición incluye reproducciones facsimilares de algunos folios del manuscrito original, lo que permite apreciar la materialidad del texto, la grafía irregular, las manchas del tiempo sobre el papel. Estos documentos visuales añaden una dimensión física al libro que refuerza su carácter de objeto arqueológico. Uno mira esas páginas amarillentas y piensa en las manos que las escribieron, probablemente a la luz de una vela, sabiendo que cada verso era un riesgo. Hay algo conmovedor en esa fragilidad material que contrasta con la potencia del contenido.
Así habló Arquipoeta no es un libro fácil ni cómodo. Exige del lector paciencia, disposición a adentrarse en un universo lingüístico y conceptual alejado del nuestro, y cierta familiaridad con la historia de la espiritualidad hispánica. Pero quien acepte el desafío encontrará una voz poética de primera magnitud, un poeta que tuvo el coraje de decir la verdad aunque le costara todo. En tiempos donde el lenguaje religioso se ha vaciado de contenido o se ha convertido en instrumento de marketing institucional, recuperar la voz de quienes hablaron desde la fe genuina, desde el amor ardiente y desde la indignación profética, constituye un acto de salud intelectual y espiritual. Torres Morales ha realizado ese rescate con rigor y con pasión, y nos ha regalado un libro que es al mismo tiempo documento histórico, testimonio de fe heterodoxa y lección de dignidad literaria.











