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Un amor sin ley o cómo convertir el stalking en poesía

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Un amor sin ley o cómo convertir el stalking en poesía

No sé si Silvia Vaquero se ha dado cuenta, pero acaba de escribir el poemario más incómodo del año. Y no digo incómodo como quien dice «qué valiente» o «qué transgresor», sino incómodo de verdad, como cuando te encuentras a tu ex en el supermercado y no sabes dónde meterte.

Un amor sin ley es la crónica versificada de una obsesión amorosa que linda —y no poco— con el acoso. Vaquero, que dedica el libro «A Carlos, mi peor condena», nos mete de lleno en los vericuetos de una relación que ha pasado por juzgados, comisarías, hospitales psiquiátricos y órdenes de alejamiento. Vamos, lo que viene siendo un episodio de Vis a vis pero en verso libre.

La autora no se anda con medias tintas: «Eres mi peor juez, mi peor fiscal, mi peor abogado, mi peor condena», escribe sin pudor alguno. Y uno no sabe si admirar su honestidad brutal o salir corriendo. Porque aquí no hay filtros, no hay romanticismo edulcorado ni metáforas que suavicen la realidad: hay una mujer que ha convertido su proceso judicial en materia poética, y eso, señores, es cuanto menos llamativo.

El lenguaje judicial se convierte en el hilo conductor de todo el poemario. Esposas, denuncias, condenas, calabozos, órdenes de alejamiento… Todo el aparato represivo del Estado al servicio de una historia de amor imposible. Es como si Garcilaso hubiera tenido que lidiar con la Guardia Civil para llegar hasta su dama.

Formalmente, Vaquero apuesta por un verso libre que reproduce el ritmo entrecortado de la obsesión, con repeticiones que martillean como un tic nervioso: «Solo puedo esperarte. Esperaré. Te esperaré». La reiteración, que en otros contextos podría resultar tediosa, aquí funciona como síntoma de un estado mental alterado. Es poesía psiquiátrica, si se me permite la expresión.

Lo más inquietante —y a la vez lo más logrado— es que Vaquero no se victimiza. No hay autocompasión barata ni justificaciones. «Soy reincidente. No tengo remedio. Recaigo en mi vicio», confiesa sin tapujos. Esta lucidez sobre su propia patología es lo que salva el libro de convertirse en un simple delirio.

El bilingüismo castellano-catalán añade una capa de intimidad local que funciona bien, aunque a veces uno tiene la sensación de estar espiando una conversación privada en el metro. Las referencias culturales (Taylor Swift, Mecano, Sabina) sitúan la historia en nuestro tiempo, pero sin caer en el postureo generacional.

¿Es este un buen libro de poemas? La pregunta es trampa. Un amor sin ley trasciende las categorías habituales de la crítica literaria para convertirse en documento antropológico, testimonio judicial y crónica de época. Vaquero ha tenido las agallas de poner negro sobre blanco una experiencia que la mayoría callaríamos por vergüenza o por miedo al ridículo.

El resultado es un poemario que incomoda, que molesta, que hace que uno se replantee los límites entre amor y acoso, entre pasión y patología. Y eso, en estos tiempos de poesía Instagram y versos para enmarcar, no deja de ser refrescante. Aunque uno acabe necesitando una ducha después de leerlo.

Tres estrellas y media. Por valiente, por honesta y por incómoda. Que ya es bastante en el panorama poético actual.