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Zaida, de Ángel Martín González. Una mujer escribiendo en una celda mientras el mundo gira

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La otra tarde, ordenando una estantería de libros viejos —de esas que una va dejando para luego y luego nunca llega—, encontré un cuaderno escolar de mi abuela donde había copiado, con una letra muy cuidada, unos versos que no eran suyos. Los había aprendido en algún sitio, los había guardado en el cuaderno y se le habían quedado pegados a la vida. Estuve un rato mirando esa letra antes de cerrar el cuaderno. Y pensé en lo que se hace cuando una está sola, cuando el día no avanza, cuando hay que sostener algo por dentro: copia versos, los inventa, se los aprende de memoria. No para nadie. Para una.

Me ha pasado lo mismo leyendo Zaida (Versos en la celda), de Ángel Martín González, que ha publicado Ediciones Amaniel. Es una novela corta y, en mitad de la novela, hay un poemario. Diez poemas. Uno por cada año que la protagonista pasa encerrada en una celda excavada en la roca, a los pies del Tajo de Ronda. La condena a Zaida su marido, el bereber Tarik, en el año 713, por haberse enamorado de un esclavo cristiano. Le tira por los barrotes pergaminos y plumas de ave para que vaya escribiendo su muerte. Y ella, en lugar de escribir su muerte, escribe versos de amor y de paciencia. Una decisión muy pequeña y muy grande, esa.

A una le pasa que llega a libros como este sin esperarse nada y se queda casi una hora mirando la portada después de haberlo cerrado. No sabría explicar por qué. Tiene que ver, creo, con que la historia que se cuenta —una mujer que sobrevive en condiciones imposibles a base de escribir lo que la imaginación le permite imaginar— es de esas que llevan siglos contándose, pero también de las que cada generación necesita que le cuenten otra vez. La de la celda no es solo la celda. La de Zaida no es solo Zaida.

Lo que más me ha conmovido del libro es la pequeña hija. Se llama Tayri y es la criatura que nace de Zaida y de Pedro —el esclavo cristiano— en la celda, y a la que arrebatan a las dos semanas para criarla en el palacio bajo la mano de un hombre llamado Said, que tiene órdenes de prepararla para luchar y para morir. Tayri, que crece en una alcoba con suelo de paja al lado del cuarto de su carcelero, que aprende a montar a caballo a los cuatro años y a empuñar dos espadas a los siete, también escribe. Le escribe a su madre, a la que cree muerta. Madre, me enseñaron a escribir y ahora / mis palabras se derraman sobre este papiro oscuro y gris. Lo dice así. Y una se queda quieta. Es como si el libro entero estuviera sostenido por dos mujeres que no pueden tocarse pero se mandan poemas a través de los años, sin saber siquiera que el otro las está esperando.

No se trata, esto debe decirse, de un libro perfecto. Hay capítulos en los que la información histórica —campañas, salinas, perfumes, baños árabes, cría del gusano de seda— pesa un poco más de lo que conviene a la respiración del relato. Una entiende que el autor ha investigado mucho y que quiere que esa Ronda del siglo VIII salga viva, y agradece muchísimo el cuidado, pero a veces el cuidado se nota. Da igual. La cosa importante es que cuando la novela se queda con sus tres mujeres —Zaida en la celda, Tayri en la sala de armas, Mina la última esposa que llega cuando ya casi todo está pasado—, la novela respira distinto, respira hondo, respira como una novela que sabe lo que tiene entre manos.

Conozco poco al autor, Ángel Martín González. Me dicen que es director de hotel en Jerez desde hace treinta años, que empezó a escribir a los sesenta y que ha publicado antes dos poemarios. Eso último explica mucho. Los poemas de Zaida no son adornos: son el sostén del libro, las vigas que aguantan el techo. Y entonces cabe una pensar en cuántas mujeres, en cuántas habitaciones cerradas, en cuántas celdas o cocinas o cuartos de hospital, han sostenido el día con un cuaderno y un lápiz. Cuántas Zaidas hay y nunca lo sabremos.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. No los busca con ruido —no es de los que aparecen en los suplementos del sábado—, pero está ahí, sin prisa, esperando. Y después, si pueden, que se asomen al Tajo de Ronda. Tiene 120 metros de caída y, mirado desde arriba, una ya no piensa lo mismo de las palabras escritas en una celda al fondo.

— Ángela de Claudia Soneira