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La Resistencia, de David García Gutiérrez. La naranja y el telediario

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La naranja y el telediario

La otra noche, mientras pelaba una naranja en la cocina con el telediario puesto de fondo —ese ruido al que una se ha acostumbrado de un modo que debería darnos un poco de vergüenza—, volvió a salir el parte de siempre: el nombre de una ciudad difícil de pronunciar, una cifra, y enseguida el tiempo para el fin de semana. Apagué. Me quedé con la naranja a medio pelar y me acordé de mi vecina del cuarto, que lleva años diciendo lo mismo cada vez que coincidimos en el ascensor: «hija, es que ya ni me entero». Esa frase de portal, que parece una tontería, es exactamente el asunto de La Resistencia, el libro de David García Gutiérrez. No la guerra: la costumbre de la guerra. Lo que nos pasa por dentro cuando el horror se convierte en una sección fija del informativo, entre el fútbol y la borrasca.

García Gutiérrez nació en Madrid en 1976, es médico de familia y doctor en Medicina, y sigue pasando consulta aquí. Se le nota, y no solo porque en INVASIÓN Y METÁSTASIS le salga el vocabulario de la facultad —el rubor, el dolor, el calor, el tumor, puestos en fila como en un examen—, sino en algo más de fondo: quien ha escuchado a mucha gente contar lo que le duele sabe que el dolor se cuenta mal, a trompicones, y que hay que preguntar dos veces. El libro reúne cerca de setenta poemas breves, va dedicado a las víctimas de las guerras y a los refugiados, y está escrito con la vista puesta en una guerra concreta y en sus nombres propios: Mariupol, Bucha, Kramatorsk, Zaporiyia, Chernigov. Nada de esto se cuenta desde el frente, conviene decirlo: se cuenta desde aquí, desde un salón con la televisión encendida.

El mejor de todos, para mi gusto, es COMPRAR EL PAN EN CHERNIGOV. Es un poema pequeño y terrible que habla desde después: quien habla salió a hacer un recado y ya no está. «Y es que solo he salido a comprar el pan», repite, como quien no acaba de creérselo, y luego cuenta que el vendedor no tenía harina, y que a sus hijos les había prometido volver para la cena. No hay una sola palabra grande ahí dentro. Están el pan, la cena, la promesa, y esa manera tan antigua de quejarse, «¡Ay, de mí!», que aquí suena a copla y a parte médico al mismo tiempo. Una lee eso y entiende de golpe lo que no entendía con las cifras. Y funciona, sospecho, porque el poeta no levanta la voz en ningún momento: le basta con dejar el recado sin terminar y apartarse.

Por ese mismo camino va CRIMENES DE LESA HUMANIDAD: LA MATANZA DE BUCHA, que arranca con un imperativo que el poeta dice dos veces seguidas y que no se olvida: «Que hablen los muertos.» El poema enumera lo que se encontró en aquellas calles —hombres y mujeres maniatados, niñas y niños en la cuneta— y luego hace algo que muy pocos poemas de denuncia se atreven a hacer, que es girar el dedo. Nos llama «cómplices silenciosos». No a los verdugos, que ya sabemos quiénes son; a nosotros, a los de la naranja y el telediario. Me pareció un gesto valiente y, además, bien colocado: llega al final, sin avisar, cuando el lector ya se había puesto cómodo en su indignación.

YO, EL REFUGIADO es otro de los que se quedan. Empieza con cuatro negaciones seguidas, una por verso —«No tengo nada.», «No soy nadie.»—, y avanza hacia un verso que es un homenaje evidente a Machado: «Un caminante sin camino, sin huella.» Ahí se puede discutir si conviene tocar un verso tan sabido, porque el eco se lleva por delante lo que venga después; a mí, con todo, me funcionó, quizá porque el poema no se queda en el guiño y acaba pidiendo algo muy concreto: que lo miren sin prejuicios, que no lo confundan con el enemigo. Algo parecido pasa en REFUGIADOS, donde la guerra entera cabe en la sonrisa de un niño que no juega porque se ha quedado sin juguetes.

No todo está a esa altura, y sería injusto con el libro fingir lo contrario. El poema más largo, EL GRAN DICTADOR, ocupa cuatro páginas y hace desfilar por ellas a Dostoievski, a Tolstói y a Kandinsky, cada uno levantando la cabeza para reescribir su obra a la luz de esta guerra. La idea es buena, y el retrato del tirano, ese jugador empedernido que se lo juega todo a la ruleta, tiene fuerza. Pero el poema se cierra con una enumeración de la ciencia, la investigación, la innovación, el desarrollo, la cultura y las artes universales que parece sacada de la memoria de un plan estratégico, y eso, después de tanto muerto concreto, enfría de golpe. Pasa algo semejante en A VEINTICINCO KILÓMETROS DE POLONIA, construido entero sobre una metáfora futbolística —«a la espera del VAR», la pena máxima, el gol en propia puerta— que acaba empequeñeciendo justo aquello que quería denunciar. Y hay descuidos de costura: el verso «mientras pesa en el corazón» reaparece idéntico en dos poemas distintos, y el truco tipográfico de escribir «paZ» con la zeta grande, que la primera vez sobresalta, a la cuarta ya no dice nada.

Donde el libro se pone más interesante de lo que uno esperaría es cuando se deja llevar por el humor negro. GEOPOLÍTICA EN LA GRANJA es una cancioncilla de corro que va contando lo que ya no reparten las cabras, las ovejas, las gallinas, hasta soltar el verso que cualquiera habría pensado y casi nadie se atrevería a escribir: «En esta granja de mierda». Está Orwell debajo, claro, pero el tono es de patio de colegio y por eso duele más. Y en LOS PAYASOS DE LA GUERRA: EL CIRCO DE LOS HORRORES los equilibristas van sin cabeza, los contorsionistas contusionados y los trapecistas traumatizados, con un juego de sonidos que en otro libro sería una gracia y aquí es un parte de heridos. Son, además, los dos únicos sitios donde el autor se permite cambiar de registro sin pedir permiso, y se le agradece mucho.

El final se abre un poco. En LOS NIÑOS DE LA GUERRA: DE REGRESO A LOS TRENES el poeta se pone a enumerar lo que quiere y no lo que teme, y encadena versos que empiezan todos por la misma palabra: «Amo la tarde que se pierde en el horizonte.», el canto del pájaro que madruga, la brisa. En PEQUEÑOS HÉROES hay unos críos que se levantan muy temprano para reconstruir los colegios y «que mendigan la paz» con los ojos. Y el libro termina, después de tanta ruina, con un poema de una sencillez casi escolar donde todo son verbos en presente y una sola palabra repetida, defiendo, hasta llegar a «una ventana al futuro.» Es un cierre luminoso y, al mismo tiempo, tiene algo de queja: hay que defender tantas cosas para acabar pidiendo solo una ventana.

Cerré el libro pasadas las doce y volví a la cocina a tirar la piel de la naranja, que seguía allí, secándose. No sé si La Resistencia cambiará la opinión de nadie sobre esta guerra; los libros de poemas no sirven para eso, y este tampoco lo pretende. Lo que sí hace, y no es poco, es devolverle el tamaño a las cosas: un pan, una promesa, una cena que no se cumple. Si tienen ustedes una tarde y algo de estómago, déjense encontrar por él. Y después, si pueden, llamen a su vecina del cuarto.

— Ángela de Claudia Soneira