Un abordaje en zapatillas
En casa de mis abuelos había un barco metido dentro de una botella y yo me pasé media infancia intentando averiguar por dónde había entrado el barco. Me he acordado de aquella botella leyendo a Eusebio Navarro, porque su libro hace algo parecido: enseña primero el velero, la bandera negra, el sable de abordaje, y uno pasa las primeras páginas preguntándose cómo va a caber ahí dentro un hombre de hoy, con sus cumpleaños infantiles, sus resacas antiguas y su miedo a quedarse sin tinta. Adelanto que no cabe del todo. Pero el forcejeo entre el disfraz y el hombre que lo lleva puesto es, con diferencia, lo más interesante que ocurre en estas páginas.
El autor avisa en un prólogo que firma con su nombre literario, cosa que ya predispone a favor: no estamos ante alguien empeñado en hacerse el misterioso. Cuenta que no se siente un obseso de la escritura, que escribe por vanidad y por avaricia de ir llenando un baúl, y suelta de paso la frase que mejor describe el libro entero: «Ningún pirata encuentra tesoros con regularidad». Son veintinueve poemas repartidos en cinco secciones con nombres de carta náutica, y el propio Navarro reconoce que los ordenó después, cuando ya estaban escritos, porque llegaron cuando les dio la gana. Se nota. Y no siempre para mal.
Lo primero que sale bien es la brevedad, que en poesía es casi una virtud moral. Hay un poema de cinco versos, «Las letras odiadas», que termina así: «Incluso leo mis poemas antiguos, y los odio.» Un libro que se abre camino hasta una frase así, sabiendo que va a quedar impresa, se gana de entrada la confianza del lector. Y el primer poema del volumen, que empieza con la pluma que «ha dejado secar su tinta», está escrito desde ese mismo sitio incómodo: el de quien ya no sabe si escribe porque le sale o porque le da miedo dejar de hacerlo.
También sale bien cuando enumera. «Arquitectura de la ausencia» es una letanía de cosas que empiezan por ese o esa, una detrás de otra, sin verbo que las sostenga, y va subiendo de lo grande a lo pequeño hasta aterrizar en «ese inconfundible aroma a café». Por el camino ha dejado caer «ese libro que nunca firmé» y «esas rimas que nunca escribiré», que son los dos versos más desnudos del libro, y el café final no los estropea: los remata. Ahí Navarro sabe algo que muchos poetas con más oficio no saben, que es dónde parar.
El pirata, cuando aparece de verdad, aparece riéndose de sí mismo. «Sin patente de corso» es el mejor de los poemas con atrezo precisamente porque se desinfla solo: después de tres estrofas de abordajes, cantinas y botines, el autor concluye que menos mal que no nació dos siglos antes, «afortunadamente para mi espalda», «pues con mi pericia en las armas y torpeza malandrina». Ese pinchazo es muy español y muy sano. El estribillo remata la broma con un «¡Al abordaje!, ¡Y que el Diablo sirva el vino!» que uno se imagina gritado en una sobremesa, con la servilleta en el puño.
Y aquí viene mi reparo, que es de fondo y no de detalle. La bandera negra es tapicería. De veintinueve poemas, navegan cuatro; el resto son de amor, de memoria y de insomnio, que está muy bien, pero no es lo que promete el título ni lo que anuncia esa sección cuarta dedicada al legado de la rebeldía. Cuando uno llega allí buscando motín, lo que encuentra es a un señor que mira hacia atrás y admite que de aquellos años solo le quedan recuerdos, canciones y «una insostenible sensación de vacío». Es un final honrado y es el mejor verso de esa sección, pero de rebeldía tiene lo que tiene un álbum de fotos. El libro habría mentido menos llamándose como su parte final.
El segundo reparo es un poema concreto, «La dama desnuda», y lo señalo porque me tuvo veinte versos incómoda. Un hombre exige a una mujer que se desnude, le recuerda que ha sido de muchos, le informa de que «No soy celoso ni te quiero en exclusividad» y le avisa de que si se marcha habrá otras. En la última línea se descubre que la dama es la musa y que lo que el hombre puede pagar es «aún puedo pagar por otra maldita musa». Técnicamente el giro funciona. Pero el hallazgo de identificar a la musa con una mujer comprada tiene siglos de uso, y el poema gasta todo su cuerpo en un tono que el lector debe aguantar a crédito, confiando en que al final le den la explicación. A mí el crédito me lo devolvió justo, sin intereses.
Hay descuidos menores que un ojo más frío habría cazado: los meses en mayúscula, una tarde que es a la vez invernal y «de aquella tarde invernal de Julio», y algún poema construido solo a base de sustantivos en fila, como «Propósito de año viejo», que empieza sonando a letanía y acaba sonando a lista de la compra hasta que el último verso lo rescata. Son cosas pequeñas, pero sacan al lector del barco, y sacar al lector del barco es lo único que un libro no se puede permitir.
Lo mejor está al final, y no lleva disfraz. «Los silencios opacos» está escrito en prosa, sin concesiones náuticas, y es el texto donde Navarro por fin se pone delante del espejo sin sable: «Cuántas veces quiero hablar conmigo mismo y no me encuentro.» Lo repite tres veces, como quien llama a una puerta sabiendo que no hay nadie, y por el camino se define de una manera que vale por todo el libro: «soy aún un dandi con chaqueta del revés, apenas un precoz aprendiz de mí mismo». Ahí no hay bandera, no hay tres palos, no hay Valparaíso. Hay un hombre de cierta edad hablándose a sí mismo en el cuarto de baño, que es un escenario mucho menos épico y mucho más difícil de escribir.
Cerca de ese texto hay otros dos que se quedan. En uno, el autor invita a la muerte a tomar café sin nombrarla nunca, y le dice que no la ha visto la cara pero la siente rondar, que no quiere que lo pille distraído ni mal vestido; es un poema tranquilo y sin drama, y por eso funciona. En el otro la voz del poema le canta a una niña que cumple cinco años, terreno donde el noventa por ciento de los libros se hunde en almíbar, y este no se hunde del todo, aunque pase cerca.
Vuelvo a la botella de mis abuelos. Descubrí de mayor, con cierta decepción, que el barco no entra por el cuello: se monta dentro, pieza a pieza, con las velas plegadas, y solo al final se tira de un hilo y todo se pone en pie. Este libro se parece a eso más de lo que él mismo cree. La bandera negra es lo primero que uno ve y lo de menos; lo que queda, cuando se retira el atrezo, son tres o cuatro poemas escritos por alguien que ha vivido bastante y que todavía se atreve a decir, sin ponerse solemne, que «El polvo aún no ha pronunciado mi nombre entero.» No es un libro redondo, y sospecho que su autor sería el primero en admitirlo. Pero tiene esos tres o cuatro. Con eso se sale de muchas librerías con las manos vacías.
— Ángela de Claudia Soneira



