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Gentilhombre y sus viajes de Mario Miguel Ojeda Ramírez: La libreta sobre la mesa

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Portada de GENTILHOMBRE Y SUS VIAJES. MARIO MIGUEL OJEDA RAMÍREZ

La libreta sobre la mesa

Una mañana de marzo de este libro me ha acompañado varios días. No pasa casi nada en ella. Un hombre que sabe mucho de música y poco de guitarra se levanta temprano, oye a los pájaros, toma café y afina la garganta «entre sorbo y sorbo», y de pronto, después de una madrugada de lluvia, le viene una tonada «con la letra ya puesta». La escribe, la canta solo en la sala, guarda la guitarra. El poema se titula «Canción de un tema», está en la página 28 de Gentilhombre y sus viajes, de Mario Miguel Ojeda Ramírez, y termina con un verso que me habría gustado escribir a mí: «El día lo esperaba».

Lo cuento porque es la puerta por la que yo he entrado a un libro que, en su mayor parte, habla con otra voz. Ojeda Ramírez, nacido en Miahuatlán, Oaxaca, en 1959, profesor universitario de Estadística en Veracruz hasta su jubilación, ha reunido en Editorial Poesía eres tú más de setenta poemas, sonetos casi todos, que se presentan como un libro de viajes y como una declaración de principios. El viajero es el poeta y los principios son tres: la palabra, el oficio y la fe. A ratos eso pesa. Pero cuando el libro se olvida un poco de declarar y se pone sencillamente a mirar, aparece alguien a quien da gusto escuchar.

Me pasa, por ejemplo, con «Imberbes éramos», un soneto sobre unos niños que cazaban mariposas y las llamaban palomas. El primer verso tiene la gracia de la corrección que hace un adulto cuando recuerda: «A aquellas les decíamos palomas, y no eran» (p. 77). Los niños esperaban «con paciencia y con capuchas», y el hombre de ahora se reconoce, sin dramatismo, como «depredador de un cuadro tan bello». No hay sermón ecologista ni nostalgia almibarada; hay un señor que se acuerda de lo que hizo y que no acaba de entenderlo. Ese «no lo concibo» del primer terceto es más verdadero que muchas de las certezas que el libro proclama en otras páginas.

Y me pasa con la amada, que aparece varias veces y que es, a mi juicio, la persona más interesante del libro aunque apenas hable. En «Viaje de regreso», un poema de versos cortos que el propio autor emparenta en las notas finales con un poema de Alfonsina Storni, el hombre vuelve a casa y la vuelta se llena de comparaciones de campo: descansa «como las liebres / cuando les llega la calma» (p. 44). Luego ella dice una sola frase, «Te ves feliz, dichoso…», y él contesta con una exclamación que me hizo sonreír por lo poco que disimula: «¡Oh!, ¡me nutren sus palabras!». Las notas lo explican sin rodeos: según el autor, Storni regresa a la casa en soledad y él regresa al hogar, «donde me espera mi amada» (p. 97). Me parece bien que un poeta se atreva a escribir sobre la felicidad conyugal, que en poesía tiene muy mala prensa.

La amada vuelve en la «Coda», que es lo más narrativo del libro y lo que más se parece a una autobiografía. Son cuatro partes que alternan prosa y verso. Hay un niño que siente «un latido» que lo llama a escribir; un joven al que le dicen «No eres bueno» y que deja la libreta durante un tiempo; un maestro reconocido «por su don discursivo» que todavía no ha entendido lo esencial; y un hombre que por fin acepta que su tarea es llevar mensajes. Y en medio de ese currículum, entre rayas, como quien no quiere la cosa, aparece la frase que lo sostiene todo: «Dios lo bendijo / con una compañera; / sería su amada / para el resto del viaje» (p. 93). En la tercera parte hay también un hijo que «fue como Juan» y que «Vio la Luz» (p. 95), y aquí confieso que, como lectora, me perdí un poco: no supe si ese hijo es el hijo de carne y hueso o una figura del propio viajero, y el texto no me ayudó a decidirlo.

Esa es mi objeción principal al libro, si se puede llamar objeción a una cuestión de temperatura. Ojeda Ramírez escribe mejor cuando cuenta que cuando afirma. Los sonetos de la poética, los que explican qué es ser poeta, por qué canta, por qué no se rinde, se parecen demasiado entre sí, y tienden a cerrarse con una moraleja o con una exclamación que remacha lo que el poema ya había dejado claro. En «Lo declaro» lo reconoce él mismo con una sinceridad que le agradezco: dice su concepto «tal vez sin la sutileza / que implica la buscada simpleza» (p. 17). Es así. La rima, además, le empuja de vez en cuando a soluciones que suenan más a trámite que a hallazgo, y una lo nota, porque el oído es un juez que no se deja convencer con buenas intenciones.

Pero luego vuelves a un poema como «Bello instante», con su taza de café «aún humeante» y su luna llena de madrugada, y el recuerdo de un niño que mira por una vieja ventana hasta que la luz lo ciega y teme lo peor, y el final te desarma con su modestia: «y al fin pude ver: era un ocaso» (p. 59). O a «Tengo y agradezco», que empieza sin ningún pudor, «Tengo un hijo bello: ¡es tan hermoso!» (p. 33), y que yo leí con la misma sonrisa con que se escucha a un padre enseñar fotos en una sobremesa. Esa falta de pudor, que la poesía de ahora castiga tanto, tiene aquí algo de valiente.

Gentilhombre y sus viajes no es un libro para quien busca la última novedad. Su autor lo sabe y lo escribe: en «Nada nuevo» dice que no pretende «hacer lo más nuevo, / sino seguir en el canon» (p. 87). Es un libro para leer despacio, de mañana, saltando a veces los poemas que predican para quedarse con los que miran. Yo me quedo con ese hombre que deja la libreta en la mesa, guarda la guitarra y sigue con lo suyo porque el día lo espera. Me parece una manera bastante sensata de estar en el mundo, y también de escribir.

— Ángela de Claudia Soneira