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Sinencuentro de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero: el caballero que dejó hablar a la dama

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El caballero que dejó hablar a la dama

Durante muchos años, en los periódicos donde me gané el pan, hubo una sección que los jóvenes de la redacción despreciaban y que yo leía siempre antes que la portada: las cartas al director. Allí escribía, cada semana, un señor de provincias que firmaba con dos apellidos y un cargo ya extinguido, y que nos corregía una fecha, una batalla mal situada en el mapa, un gerundio. Casi nunca le publicábamos. Pero aprendí de él una cosa que no enseñan en las facultades: que el lector que escribe para enmendarte la plana te está haciendo un favor, aunque te fastidie. Y que el autor capaz de inventarse ese lector y darle la razón tiene algo de caballero antiguo, de los que ya no quedan.

Eso es exactamente lo que hace Enrique Graciani Constante en Sinencuentro, el libro que firma con Eloísa Zapata Tinajero —químicos los dos, vecinos de Sevilla los dos, licenciados en la misma facultad— y que cuenta una historia mínima desde dos lados: un hombre mayor que corteja durante años a una amiga a base de felicitaciones por WhatsApp, una noche de tormenta en la que se declara, y una negativa. La primera parte, “Punto de vista de él”, va en verso. La segunda, “Punto de vista de ella”, va en prosa. Y entre una y otra, fíjense ustedes, el autor ha colocado una carta de un lector que le pone de vuelta y media.

La carta no tiene desperdicio. El lector, que firma como Lector Empedernido, le reprocha al poeta haber contado solo su parte: «Te has olvidado: La otra parte / también existe en un sinencuentro.» (p. 63). Y luego le suelta la acusación más certera que se le puede hacer a un enamorado: «escribes solo negro sobre blanco, / te comportas como un daltónico.» (p. 63). Ella, le dice, ve grises y colores donde él solo ve dos tonos. El autor contesta en la página siguiente con una humildad que no es pose: «Acepto tu crítica y hago constar / mi más sincero arrepentimiento.» (p. 65). Y la Redacción, que también se ha inventado, corta por lo sano: «Una excepción es solo eso: Una Excepción.» (p. 67). Es un juego, claro. Pero es un juego con una moral dentro, y la moral es esta: un hombre que ha hablado durante sesenta páginas reconoce que le falta la otra mitad y se calla para que la otra mitad hable. No sé si me explico. No es poca cosa, en estos tiempos de gente que no se calla nunca.

Porque el protagonista de los poemas es, se mire como se mire, un caballero con la armadura puesta. Lo dice él mismo en el poema narrativo que da título al libro: «Él, caballero y juglar, / con su armadura irá.» (p. 49). Y lo dice, sobre todo, en “La «Línea»”, donde fija el código de honor con una seriedad de otro siglo: «La línea no sobrepasar. / A la amistad separas / de un más allá deseado.» (p. 28), y remata con una advertencia que tiene mucha más gracia de la que parece: «Toda buena armadura / espabila aduaneros.» (p. 28). Hay también en ese caballero un químico que no se ha jubilado del todo. Cuando el poema se acerca al momento de juntarse, aparece la física cuántica para negar que dos cuerpos próximos tengan por qué atraerse: «Riesgos no quiere asumir. / Fuera efecto Casimir.» (p. 49). Una nota al final explica, para no iniciados, qué es eso. Me pareció un hallazgo de los que valen la pena: el amor tardío contado con el lenguaje del laboratorio y una sonrisa de medio lado.

Y luego está ella. No destripo nada que el libro no anuncie desde el título, que ya avisa de que aquí no hay encuentro. Eloísa Zapata Tinajero no necesita armadura ni juglares. Cuenta la misma noche de la tormenta en dos páginas de prosa seca, sin un adjetivo de más, y lo que en él eran sesenta páginas de rodeos en ella es una decisión: «Vencí. Me vencí a mí misma para no caer en la apetitosa trampa.» (p. 78). No hay frialdad ahí, ojo. Hay una mujer que admite la tentación y la gobierna, y que da sus razones sin pedir permiso a nadie: «Sin contar que su modo de ser y de pensar están en las antípodas de los míos.» (p. 78). Lo que el caballero vivió como una plaza que había que ganar con paciencia, ella lo vivió como un cerco —la palabra es suya— que había que contener sin romper una amistad de años. Las dos versiones son verdad. Ese es el asunto del libro, y está bien resuelto.

Ahora bien, permítanme ser directo, que para eso me han dado esta columna. El verso de Graciani cojea a menudo. Tiene hipérbatos de sabor arcaizante que unas veces funcionan como guiño y otras parecen forzados por la rima, del tipo «Aquestas razones obvias… / No hay que explicitar.» (p. 28), y entre los poemas que hacen avanzar la historia se cuelan felicitaciones navideñas que no añaden gran cosa al relato. Él lo sabe, y tiene la decencia de confesarlo sin que nadie se lo pregunte: «No soy buen versificador,» (p. 50). Hay quien convertiría eso en coartada. Aquí funciona de otro modo, como parte del tono de un libro que prefiere la conversación de café a la solemnidad de la tribuna, y que se ríe de sí mismo cuando hace falta. Pero conviene que el lector lo sepa antes de abrirlo: esto no es orfebrería métrica, es una conversación entre dos personas que se conocen desde la facultad.

Hay un detalle más que me gustaría señalar, porque dice mucho de cómo está hecho el libro. Los dos autores se han cambiado las esquelas. En la parte de él aparece un adiós a una compañera de facultad firmado por ella, y en la parte de ella aparece un obituario de un amigo firmado por él: «Se fue. Nadie se lo esperaba. Se fue.» (p. 79). Es la clase de gesto que no se anuncia en ninguna contracubierta y que, sin embargo, explica mejor que cualquier prólogo de qué va todo esto. De dos personas que han llegado juntas a la edad en la que se despide a los amigos, y que deciden seguir hablándose aunque no se encuentren.

Lean este libro por las dos puntas. Empiecen, si quieren, por las dos páginas de ella, y luego vuelvan a los poemas de él sabiendo lo que él no sabía, o no quería saber. Verán cómo cambia la lamparilla, cómo cambian los besos por WhatsApp, cómo cambia la tormenta. Y eso, y no otra cosa, es lo que separa un libro de ocasión de un libro pensado.

— Javier Pérez-Ayala