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Con tres heridas, de Loli G. García. El espejo que pierde el azogue

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El espejo que pierde el azogue

En la cafetería que hay debajo de mi casa se juntan algunas tardes cuatro o cinco madres con sus bebés. Llegan empujando carritos que ocupan medio local, piden algo caliente que se les queda frío en la mesa y hablan todas a la vez, con esa mezcla de agotamiento y euforia de los primeros meses, cuando una ya no sabe si ha dormido tres horas o ninguna. Yo las miro desde mi rincón con el disimulo de quien finge leer el periódico. Me acordé de ellas, y se me escapó una sonrisa, al llegar a un poema de Loli G. García que se titula «Tiempo de madres», donde el verso se toma la molestia de aclarar de qué crías estamos hablando: «tiempo de madres con sus crías de leche / —que no de café—». Ese inciso entre rayas, tan pequeño, tan de andar por casa, me pareció casi una declaración de principios. Aquí se habla de la leche de verdad.

Con tres heridas, que publica Ediciones Rilke en 2026 con prólogo de Ángela Serna, toma su título de unos versos de Miguel Hernández, del Cancionero y romancero de ausencias, que abren el libro: la herida del amor, la de la muerte y la de la vida. El poemario se ordena exactamente así, en tres partes, cada una con su cita del poeta de Orihuela, y se cierra con un epílogo de tres poemas. Serna cuenta en el prólogo que ha visto crecer el manuscrito a lo largo de varias versiones, que llega después de Como mariposas muertas y De Natura, y que la autora forma parte de Las Milyuna, un grupo desde el que comparte música y poesía. No me parece un dato menor: en muchos de estos poemas se oye a alguien acostumbrada a leer en voz alta delante de otros.

De las tres heridas, la que me ha retenido es la última, la de la vida, que es también la más larga y la más doméstica. El libro está dedicado a tres niños, Oier, Izaro y Ioar, a los que llama «promesas de futuro», y esa palabra, promesa, vuelve por la sección como un estribillo que una tararea sin darse cuenta. El primer poema se titula «5 de diciembre 1980″ y cuenta una llegada al mundo que el poema ata al año de la muerte de John Lennon, que es una manera muy de aquella generación de medir el tiempo: por las canciones. Y enseguida aparece un verso que no he leído en muchos poemarios: «Tu pequeño cuerpo / promesa impregnada de olor a meconio». Meconio. Nadie pone esa palabra en un poema, y precisamente por eso está bien puesta. Es el olor del que no te habla nadie antes y que luego no se olvida. A partir de ahí el poema repasa los hitos que cualquier madre apunta de memoria, la primera sonrisa, la cabeza que por fin se sostiene, las primeras sílabas, los pasos tambaleantes con los que un niño sale a hacer suyo el mundo.

«Prisa por llegar» hace lo mismo con una niña que nace un 9 de enero, encaramada a la luna llena, y termina con lo que la criatura se lleva del cuerpo de su madre: «leche, / sangre, / tiempo / y amor certero». Me quedo con el tiempo. Lo de la leche y la sangre lo sabe todo el mundo, pero que un recién nacido se alimenta también de las horas de su madre solo lo sabe quien ha intentado leer una novela con un bebé dormido encima.

Lo más interesante de esta parte, y aquí lo doméstico se vuelve asunto de generaciones, es que la voz cambia de sitio. En unos poemas es la que espera o da a luz, como en «Hoy te siento en mí» o en «Erupción», que habla de un parto loto y de un niño arco iris. En otros es la que mira. En «Ya queda menos para el verano» hay un vientre ajeno que crece, y en «Pegada a la luna de sus pechos» alguien observa a una madre que amamanta y le explica a la criatura que esa mujer es su madre. El poema acaba así: «Dos mujeres, dos.» El libro no aclara quién mira, y hace bien. Es lo que pasa en las familias, que un día eres tú la que da el pecho a oscuras y años después eres la que sostiene la toalla, y en los dos sitios se siente algo parecido y distinto.

Mi poema favorito es «Conversación», porque tiene humor, que es algo que la poesía sobre la infancia suele olvidar. Una niña muy pequeña se acerca a un espejo, lo toca, le pregunta por qué está tan frío, juega con él, lo besa. Y quien habla es el espejo, que termina así: «Ella enamorada de su imagen en el espejo, / yo, emocionado, pierdo el azogue». Un espejo al que la emoción le hace perder el azogue, es decir, dejar de reflejar, es una ocurrencia preciosa y muy exacta, porque eso les pasa a los adultos delante de un niño que se descubre a sí mismo. En la misma cuerda está «Líquida serenata», un niño que chapotea en una alberca y un verso que me hizo reír sola en el sofá, «plisti plasta, plisti plas», que es la clase de palabra que una se inventa para un crío y que pocos poetas se atreven a dejar en un libro.

La herida de la vida no es solo la de las cunas, y esto me parece lo más valiente del conjunto. En la misma sección conviven los nacimientos con el cuerpo que se cansa, que duele, que amanece enroscado. En «Te llevo dentro» la voz habla con algo que nació en sus pliegues sin que ella lo supiera y que ahora le roba la palabra y los pasos; lo llama hijo ingrato de sus células, y cuando una entiende que eso se parece más a una enfermedad que a un hijo, el poema le da la vuelta a todo lo leído antes. La sección se despide con «Sonrisa al viento», una mujer rubia que cruza la calle en su silla motorizada con la felicidad por bandera. Me gusta que la vida, aquí, sea también eso.

No todo está a la misma altura, claro. Hay poemas en los que la autora no se fía de la imagen y la explica. «Ya queda menos para el verano» empieza con la hierba mojada y un jacinto tempranero, que ya lo dicen todo, pero cada estrofa se cierra con una etiqueta, felicidad, alegría, ilusión, hasta llegar a «Solo una palabra: Plenitud». No hacía falta; lo habíamos entendido con el jacinto. En «Hoy te siento en mí» asoma alguna fórmula gastada sobre lo desquiciado que está el mundo, y alguna pieza muy breve, como «Vacío, lleno, vacío», se queda en apunte. A ratos la ternura se queda sin filo. Pero al lado están los poemas en los que entra algo prosaico, el meconio, el café, el azogue, y en esos Loli G. García encuentra su mejor tono.

El epílogo mira hacia atrás. En «Cuando echo la vista atrás» aparece una fila de hombres encorvados por el trabajo y la guerra y de mujeres calladas bajo el peso de los hombres, de la prole y de la religión, y desde ese silencio llegan voces que piden conquistar lo que les fue arrebatado. Los otros dos poemas del epílogo llevan al pie sendos reconocimientos: una mención de honor en el X Certamen de la Asociación Le Ragunanze de Roma y el Primer Premio del Certamen Literario Menéndez Pelayo de Santander. Entre esas mujeres del epílogo y los tres niños de la dedicatoria cabe el libro entero. La próxima vez que coincida con las madres de la cafetería me acordaré de este tiempo de crías de leche y de la fila de mujeres calladas que tienen detrás, aunque ellas, con el café enfriándose, ni lo sospechen.

— Ángela de Claudia Soneira