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A la sombra del sauce de Luis de la Rosa Fernández: Lo que un catedrático jubilado le enseña a la poesía de hoy sobre cómo se hacen las cosas

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Lo que un catedrático jubilado le enseña a la poesía de hoy sobre cómo se hacen las cosas

Hay libros que llegas a ellos de una manera rara, un poco lateral, como cuando entras en una calle que no conoces y de pronto aparece una plaza que no estaba en el mapa. Yo llegué a A la sombra del sauce porque alguien me lo dejó encima de la mesa con esa confianza tranquila de quien sabe que no va a tener que convencerte de nada: solo déjalo ahí y que hable él. Lo abrí sin muchas expectativas, que es la mejor manera de abrir un libro de poesía, y me encontré con un catedrático de Lengua y Literatura de Granada, setenta y ocho años, llamado Luis de la Rosa Fernández, que escribe sonetos. Sonetos de verdad, con sus catorce versos y sus rimas consonantes y sus tercetos que cierran el argumento como un buen punto final. Y pensé: qué valiente, o qué seguro de sí mismo, que a estas alturas es lo mismo.

Me gusta la poesía que sé lo que me está diciendo. No es que no me gusten los misterios, que me gustan, pero hay una diferencia entre el misterio que invita a quedarse y la oscuridad que te empuja hacia afuera. Luis de la Rosa lo sabe, y lo dice él mismo en aquel primer libro suyo de Rilke, donde escribió que prefería la poesía «con misterio» pero no «misteriosa», que quería «entender lo que leo» y que «emocione mi alma». Me pareció una declaración de principios honesta y valiente, en un momento en que declarar que uno quiere entender lo que lee suena casi a provocación en según qué círculos literarios.

El libro tiene cuarenta y un poemas y una estructura de cinco secciones que en realidad es la estructura de una vida: el amor, la naturaleza, el tiempo, la memoria, y al final una especie de llamada a no quedarse dormida mirando. Cuando lo lees de corrido, que es como yo lo leí la primera tarde, casi sin levantarme del sillón, tienes la sensación de haber acompañado a alguien en un paseo largo. No un paseo angustiado ni uno lleno de ruido, sino uno de esos paseos que hacemos cuando necesitamos pensar en voz alta y la ciudad se presta a ello. Ese tipo de paseos junto a un río, o por un camino de avellanos, que es donde a De la Rosa le vienen los poemas desde hace décadas.

Hay un poema que se llama «Como un niño» que es el que más me ha acompañado desde que lo leí. En él hay una mujer que de niña «rompía corazones con su trenza sobre el hombro, dorada», y hay un cerezo que «aún sigue echando flores». Eso es todo, más o menos, pero cuando lo lees algo se mueve dentro. No sé muy bien explicar por qué un cerezo que sigue echando flores puede emocionarte tanto, pero tiene que ver con el tiempo, con lo que permanece y lo que no, con esa injusticia hermosa de que la naturaleza siga siendo la misma mientras nosotros nos vamos deshaciendo poco a poco. El poeta lo sabe, y no lo explica, que es justo lo que tiene que hacer un poeta: dejar la imagen ahí y que cada uno ponga lo suyo.

Lo que me resulta interesante de este libro, y de este autor, es la cuestión del oficio. Hay una cosa que pensamos poco cuando leemos poesía, que es que detrás de un soneto que funciona hay muchos sonetos que no funcionaron. Un soneto tiene catorce versos de once sílabas cada uno, con una distribución de acentos que no es arbitraria, con rimas que tienen que sonar sin chirriar, y con una lógica interna que en los dos cuartetos plantea y en los dos tercetos resuelve. Luis de la Rosa ha enseñado gramática durante treinta y seis años y ha escrito un tratado sobre la lengua española. Eso se nota. Sus versos tienen la fluidez de quien sabe exactamente por qué cada palabra está donde está. No hay tropiezos ni forzamientos, esas rimas cojas que uno lee y siente que el poeta las puso porque no encontró otra cosa. Aquí cada pieza encaja.

El poema «No quisiera morir» es el que le valió el reconocimiento de finalista en el Certamen Internacional «El mejor poema del mundo», y cuando se lee se entiende por qué. Tiene esa dignidad que da el hecho de enfrentarse a la muerte sin dramatismo ni resignación, con algo que se parece más a la firmeza: «No quisiera morir como muere cualquiera / pues soy hombre que vive, que ama, y hasta sueña». Hay algo en esos versos que reconoces de inmediato, aunque tú no tengas setenta y ocho años y aunque tu situación sea completamente distinta. Eso es lo que hace que un poema dure: que hable de algo tan tuyo que no necesitas haberlo vivido exactamente para entender que sí, que es así.

Y luego está el último poema, «¡Despiértate, alma mía!», que es el que menos esperaba encontrar al final de un libro que hasta ese momento había sido bastante sereno. De pronto el tono cambia y el poeta interpela al yo interior con una urgencia que no tiene nada de apacible: «¿No ves las amapolas ya marchitas? / Estás adormecida sobre lanzas / y de la tierra bárbaras heridas». Las amapolas marchitas sobre las lanzas es una imagen que viene de muy atrás, de campos de batalla, de memorias colectivas que este país lleva décadas intentando procesar. No sé si De la Rosa pensó en todo eso cuando escribió ese verso, pero estoy bastante segura de que sí, que un catedrático de Literatura que ha leído lo que él ha leído no pone esa imagen por casualidad. Y que el libro termine con esa llamada al despertar —»el desquiciado mundo que hemos hecho / más que nunca, que nunca, / a ti te necesita» — me parece una elección muy honesta: no quedarse en la contemplación cuando las amapolas se están marchitando.

La Asociación de Editores de Poesía le dio el premio a la mejor obra de habla hispana por No quedan ruiseñores junto al río, el libro anterior de Rilke. A la sombra del sauce es mejor, o al menos eso me parece a mí, que lo he leído los dos. Tiene más concentración, más confianza, más capacidad de decir mucho con poco. Hay algo que ocurre cuando un escritor ha pasado suficiente tiempo con su propio lenguaje: deja de necesitar demostrarlo y se limita a usarlo. Ese libro tiene esa calma. La calma de quien sabe lo que hace y lo hace, sin más.

Ana María Olivares