Una forma de no ser pisado
En casa de mi madre, en verano, las hormigas hacían una fila muy seria desde el desagüe del fregadero hasta el azucarero, y ella, que era capaz de matar una mosca con el trapo de cocina sin pestañear, se apartaba para no pisarlas. Nunca le pregunté por qué. Supongo que le parecían gente trabajadora, y a la gente trabajadora no se la pisa. Me he acordado de esa fila todo el tiempo que he pasado con Capricho español, de José Carlos Turrado de la Fuente, porque en mitad del libro aparece una mujer que hace exactamente eso, y un hombre que la mira hacerlo y se muere un poco de envidia de las hormigas.
El poema es el sesenta y seis, y empieza con una exclamación que es casi una ternura: la amada resulta graciosa «al evitar pisar a las hormigas». Él, rechazado, decide hacerse amigo de ellas, dejar que le cubran el cuerpo, que le vivan en los ojos, que le eduquen, por si así consigue algún día el trato cariñoso que ella reserva para esas maestras diminutas. Es un poema cómico y es un poema terrible, las dos cosas a la vez, y creo que ahí está la clave de todo el libro, o por lo menos la puerta por la que yo he entrado.
Son setenta y cinco poemas sin título, solo con su número, como quien va dejando notas en la nevera. Se abren con unas palabras de Pablo de Tarso, las de cuando yo era niño hablaba como niño, y no es un adorno: el libro entero es una conversación entre el niño y el hombre, entre el que se enamora como un doncel y el que ya se sabe viejo y con las piernas cansadas. Turrado de la Fuente, que ha firmado antes títulos como Égloga del Órbigo, Exequias castellanas, Juguetes líricos o La mandolina, escribe aquí con una variedad de moldes que a una le recuerda los cuadernos de caligrafía del colegio: sonetos, liras, décimas, romances, redondillas, versos de arte menor que se cortan con un ¡Mi amiga! o un ¡De noche!, como si alguien contestara desde la otra habitación. Hay oficio, mucho, y una voluntad de jugar con él, de no tomárselo del todo en serio. El título no miente: esto es un capricho, en el sentido musical y en el otro.
Lo que más me ha llegado es el personaje que va apareciendo de poema en poema, un hombre al que han dicho que no y que no sabe muy bien qué hacer con ese no. En el poema treinta y dos ella le suelta que no lo soporta, y él cuenta con una sencillez que me desarmó que esa noche «fue el día que empecé mi cancionero». En el seis le manda un ejemplar de su florilegio, gratis, por si quiere hojearlo, y la respuesta es tan grosera que da risa, y él, lejos de ofenderse, se apunta a solfeo y saca la cuenta con una melancolía de colegial: «artes son siete y sólo llevo cuatro». He pensado mucho en ese verso. Tiene algo de esas personas que conocemos todos, que se presentan a las oposiciones por quinta vez y te lo cuentan con una media sonrisa que es más triste que cualquier llanto.
El humor es lo que salva a este hombre de la autocompasión, y también lo que salva al libro. Hay un poema, el tercero, sobre una mujer que de día lo llama de todo, con palabras que no voy a copiar aquí porque mi madre todavía lee lo que escribo, y que por la noche convierte cada insulto en un diminutivo cariñoso. Hay un esteta moderno al que el poeta le pregunta, muy humilde, qué es eso del arte, y se inventa una palabra absurda para burlarse un poco de él y otro poco de sí mismo. Hay un tren que atraviesa Francia hacia Italia y unos vagones que le susurran que no regrese, y un viaje imaginario de conquista por Pavía y Mantua en el que los tambores son dulces y los mandobles son flautas. Y hay un poema que pregunta, sin rodeos, por qué es feo, Señor, y que una lee con el corazón encogido porque no hay ningún truco detrás, solo la pregunta.
Junto a todo eso está el amor contado desde el cuerpo, que en este libro es sabroso, literalmente. El primer poema, que es un poema de pastor antiguo, termina con un deseo que a mí me parece una declaración de principios: «pero broten de mi cuerpo los jazmines». Y luego hay melocotones con el jugo en las comisuras, fresas silvestres, sábanas de raso en Carcasona, una amanecida en los llanos de Castilla con la escarcha encima. Hay un poema sobre el olfato en el que él le dice a ella «hueles como un libro nuevo», y yo, que soy de las que abren los libros por la mitad para olerlos antes de leerlos, me sentí muy comprendida.
Ahora, como entre amigas nos lo decimos todo, también tengo que contar lo que me ha costado. Me ha costado, primero, el vocabulario. Turrado de la Fuente es un enamorado de las palabras raras, y hay poemas en los que se nota demasiado el diccionario abierto sobre la mesa: rahez, querulante, ságula, colariza, lleco. Algunas brillan, otras se quedan ahí como un mueble antiguo en un piso pequeño, y el lector se tropieza con ellas. Me ha costado, después, la insistencia: el amante rechazado vuelve tantas veces que, hacia el final, algunos poemas parecen variaciones de otros que ya habíamos leído, y una echa de menos que el libro fuera un poco más corto y un poco más valiente al elegir.
Y me ha costado, sobre todo, la dama. Hay tres o cuatro poemas, el ocho, el trece, el cincuenta y ocho, el setenta y tres, en los que el poeta deja de cantar y se pone a enseñar qué es una mujer como Dios manda. Una dama, dice, es libre, prudente, discreta, escuchadora y silente, y la conclusión llega en forma de exclamación: «¡qué libre es la mujer!, cuando es discreta». Entiendo lo que quiere decir, creo. Entiendo que habla de una libertad que no necesita exhibirse, y que su modelo viene de la poesía cortés y de una tradición muy vieja. Pero a mí esa libertad condicionada, que llega con su lista de requisitos y con un desprecio bastante explícito hacia quien piense distinto, me suena a sermón de sobremesa, y me ha sacado del libro justo en los momentos en que el libro es más rígido. Es curioso, porque el mismo hombre que en otras páginas se ríe de sí mismo con tanta gracia pierde aquí el sentido del humor, y es el sentido del humor lo que le hace falta para decir esas cosas sin que parezcan una instrucción.
Este libro ha salido en una editorial pequeña, Ediciones Rilke, y ya sabemos lo que les pasa a esos libros: que entran en las mesas de novedades de puntillas, si es que entran, y que la crítica, que tiene sus propias filas de hormigas que seguir, pasa a menudo por delante sin mirarlos. Por eso me apetecía contarlo, con sus reparos y todo, porque hay en estas páginas una voz que no se parece a la de nadie, un poco anticuada, un poco gamberra, muy herida, que se ríe para no llorar y a veces llora igual.
Pienso otra vez en mi madre en la cocina, apartándose de la fila. Y pienso en ese hombre del poema sesenta y seis, que se deja cubrir de hormigas a ver si así aprende algo. No sé si al final de Capricho español aprende lo que buscaba. Me inclino a creer que no, que se queda donde estaba, mirando cómo ella esquiva las hormigas y él no consigue que lo esquive con el mismo cuidado. Pero mientras tanto ha escrito un cancionero, y eso, a su manera, ya es una forma de no ser pisado.
— Ángela de Claudia Soneira







