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De entre sonidos de David García Lamela: el centro de gravedad está en la calle

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El centro de gravedad está en la calle

La presentación editorial de De entre sonidos, de David García Lamela, habla de una antología poética honda e intimista. Lo es a ratos. Pero quien se quede con esa palabra, intimista, se perderá lo que el libro hace de verdad, que es otra cosa y bastante más incómoda: usar la memoria personal como entrenamiento del oído para después dirigir ese oído hacia fuera, hacia lo que el ruido público tapa. El centro de gravedad de este poemario no está en la habitación de la infancia. Está en la calle, y en el mar.

Un libro que acaba de aparecer tiene una ventaja que dura poco: todavía no se ha fijado sobre él una lectura de consenso, esa frase que luego repiten las fichas y las mesas de novedades hasta que nadie recuerda quién la dijo primero. Conviene aprovechar ese margen para discutir la etiqueta antes de que se asiente. Porque si De entre sonidos se archiva como poesía de la intimidad, se archivará con él una manera de leer que el propio libro rechaza, la que separa lo privado de lo público como si fueran dos cuartos de la misma casa sin puerta entre ellos.

Conviene decir desde el principio quién escribe. García Lamela nació en Cádiz en 1972, vive en San Fernando y es educador social y animador sociocultural; trabaja con personas mayores y con menores, y es doctorando en Investigación y Práctica Educativa en la Universidad de Cádiz. No lo traigo como dato de solapa. Lo traigo porque explica una posición enunciativa: la de alguien cuyo oficio consiste en escuchar a quienes tienen poca voz en el espacio público, y que en el libro convierte esa escucha en una forma de responsabilidad.

La estructura lo deja claro. Tres partes, de la persona, de la sociedad, de la naturaleza, y la del medio no es un intermedio. Es el eje. La primera parte prepara el instrumento: la memoria familiar se cuenta por sonidos, el timbre de la escuela, las voces de niños, el llanto del parto, y el sujeto se va desprendiendo de lo heredado hasta quedarse en un presente mínimo, como en “Estoy y es suficiente” (p. 17), donde la anáfora del «Ya no» desmonta una identidad aprendida: «Ya no expiaré culpable de mis no pecados» (p. 17). Ese despojamiento no es un fin en sí mismo. Es la condición para lo que viene.

Lo que viene es “Oda por los niños muertos” (pp. 45-47), el poema más largo del libro y el que más arriesga. Hay que insistir en una cosa: este poema no pide compasión, pide cuentas. Su estribillo se dirige al lector con una pregunta que no admite la neutralidad de quien lee desde el sofá, y en mitad del texto el yo se sitúa sin ambigüedad: «Yo también exijo responsabilidades» (p. 46). Señala «despachos vacíos, desiertos de promesas» (p. 46) y llama por su nombre de pila a Federico, a Miguel y a Rafael, nombres en los que es difícil no leer a Lorca, a Hernández y a Alberti. La invocación tiene una función precisa: inscribe la denuncia en una genealogía de poesía civil española y, al mismo tiempo, la interroga, porque a esos poetas se les pregunta si vieron, y la pregunta queda sin respuesta.

El mismo gesto, con otra temperatura, sostiene “¿Cuál es el sonido del hambre?” (p. 53). Aquí la respuesta llega en el primer verso, y es una acusación contra el silencio de los poderosos. Pero lo más interesante del poema está al final, en una imagen de protesta tardía: «Cuando mueran todos, / saldremos a las ventanas con cacerolas, sartenes y ollas» (p. 53). El verso siguiente menciona las ocho de la tarde, y es probable que el lector reconozca ahí la hora de los aplausos desde los balcones durante el confinamiento de 2020. Si esa lectura es correcta, el poema hace algo que pocos se atreven a hacer: pone en duda la eficacia de un gesto colectivo que se celebró como virtud. No lo ridiculiza. Le pregunta para quién fue.

La ironía, cuando aparece, tiene filo. “Algo debemos hacer, digo yo” (pp. 48-49) repite su título como una muletilla de sobremesa y despliega una lista de remedios inútiles para un mundo que no los admite, desde taparse los oídos con caracolas muertas hasta cambiar de detergente. La serie desemboca en el deseo de «tirar del mantel / tanto orden y armonía» (p. 49). El poema no propone soluciones. Señala la impotencia de las que nos damos, que es otra forma de denuncia y quizá la más honesta del libro.

Tampoco la tercera parte, la de la naturaleza, es una huida hacia el paisaje. Hay en ella dos poemas que conviene leer juntos con uno de la primera: en “El cielo deshabitado” (p. 32) el hablante recoge a un animal herido en el suelo y se pregunta por qué no pasó de largo, «como siempre hacen los mismos» (p. 32), y en “Terrorista ecológico” (p. 70) la duda moral se vuelve teológica: «¿O prolongué la agonía jugando a ser un Dios?» (p. 70). Lo que el libro plantea aquí es una ética de la intervención, el viejo dilema de quien ayuda sin saber si ayuda, y no lo resuelve. Hace bien.

Ahora las costuras, porque las hay. La denuncia de García Lamela funciona mejor cuando apunta que cuando acumula. En el poema del hambre, la serie de adjetivos contra «las grandiosas naciones sordas, bizcas y ciegas» (p. 53) grita donde podría señalar, y en la oda hay versos que se acercan peligrosamente al panfleto, como las cuentas bancarias que se orinan de billetes. Son momentos en los que la indignación, legítima, ocupa el lugar que debería ocupar la imagen. Y hay un problema más general: el vocabulario abstracto del libro, silencio, alma, voz, vacío, es tan insistente que en algunos poemas desdibuja lo concreto, justo lo que hace eficaz la poesía civil.

Con esos límites, De entre sonidos es un libro con una posición clara. Lo fácil habría sido escribir un poemario sobre el silencio como refugio. García Lamela ha escrito otro: uno en el que el silencio es lo que dejan quienes no pueden hablar y lo que fabrican quienes no quieren oír. Esa distinción, que el libro sostiene de principio a fin, merece una discusión más larga que la etiqueta de intimista.

— Ana María Olivares

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