Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: Las verdades que uno escribe cuando ya no le importa figurar
Les voy a confesar algo que no suelo hacer en estas páginas: cuando me pusieron este libro entre las manos no tenía la menor expectativa. Un cantautor de Jumilla, sin discográfica, sin presentación en feria, sin el aparato de relaciones públicas que hoy convierte a cualquier mediocre con buen sastre en poeta revelación. Nada de eso. Solo un libro delgado, editado con honradez franciscana por Ediciones Rilke, con una portada que no grita y un título que sí lo hace. Fuera de la Jaula. Me senté con él un miércoles por la noche, con una copa de vino tinto encima de la mesa, sin ninguna prisa, y lo terminé de un tirón. Y miren, hay libros que te dejan frío y hay libros que te agarran del cuello como si el autor te conociera de toda la vida y supiera exactamente qué es lo que llevas callando desde hace años. Este pertenece al segundo grupo.
Andrés Martínez Díaz es cantautor, lo cual en los círculos literarios donde se bebe Chablis y se cita a Celan es casi un insulto. Ya saben de qué hablo: esa tribu de gente culta y bien vestida que distingue con exquisita precisión entre poesía de verdad y lo que escribe la gente que también toca la guitarra. Pues bien, les digo yo, que llevo décadas leyendo versos desde Alcalá hasta Borges, que esa distinción me importa un rábano cuando lo que tengo delante funciona. Y esto funciona. La prologuista del libro, Ana María Olivares Tomás, que sabe más de esto que muchos que cobran por saberlo, lo explica con una claridad que no necesita glosa: Martínez Díaz no es un poeta que escribe canciones ni un cantautor que escribe poemas, es alguien para quien música y palabra son la misma respiración. Y tiene razón. Cada verso de este libro nació para ser dicho en voz alta, con o sin guitarra, y eso no es una limitación sino una virtud que la poesía académica española lleva treinta años olvidando.
El libro se abre con un ciclo de amor conyugal que me dejó desconcertado por su rareza, no porque sea raro escribir sobre el amor, sino porque en 2026 es extraordinariamente raro escribir sobre el amor que dura. Sobre los cuarenta y siete años de convivencia, las arrugas que uno conoce de memoria, el deseo que no se extingue aunque el cuerpo haya empezado a traicionar a su dueño. Aquí no hay desamor de redes sociales, no hay ruptura de tres semanas redactada con bisturí emocional para el aplauso digital. Hay esto: «Somos dos manecillas de un reloj / al que le faltan horas para poder marcar / lo vivido, siempre en la misma dirección, / imparable, funciona sólo por pulsos, / no precisa cuerda, ni fiscalización, / se recarga de amor por año de uso, / no se trasrosca la corona aunque apriete / y que salimos juntos van cuarenta y siete.» Señores, eso es lo que es. Una imagen de relojería que vale más que cien metáforas de taller literario. «Se recarga de amor por año de uso.» Si alguno de los poetas de la experiencia que llenan suplementos culturales hubiera escrito ese verso, lo estarían citando en las universidades.
Pero el libro no es solo ternura. Tiene también rabia, y la rabia me parece su otro gran activo. Hay una sección que se llama A Hierro y Fuego y otra que se llama Justicia Poética, y en ellas este hombre de Jumilla se mete con los políticos que doman con subvenciones, con los sectarios de salón, con los que prostituyen palabras como justicia, democracia y fe, y lo hace sin ideología de partido, sin bandera que enarbolar, sin el abrigo doctrinal que les daba cobertura a los poetas del cincuenta cuando decían cosas parecidas. Martínez Díaz no es comunista ni socialdemócrata ni liberal ni nada de eso. Es un hombre harto, que es una categoría mucho más difícil de gestionar políticamente porque no tiene a nadie a quien votar. «Es propio de la fuerza actuante / aprender a vivir del bulo, / cuando se es gobernante / interesa un pueblo inculto.» Cuatro versos. Sin trampa ni cartón. Sin eufemismo ni corrección política. La indignación directa, a la cara, sin el paraguas de ningún programa que la justifique.
Lo que más me interesa de este libro, si les soy sincero, no es ningún poema en particular sino la posición desde la que está escrito. Martínez Díaz lo explica en la introducción con una frase que lleva dentro todo un código de conducta: decidió publicar porque si no, sus poemas morirían en el cajón o en una carpeta del ordenador, y cita de paso que la SGAE no le permitía registrarlos sin individualizarlos y justificar el lugar de presentación de cada texto. El sistema burocrático funcionando con su eficiencia habitual. La respuesta del autor fue publicar el libro. No protestar, no escribir un manifiesto, no pedir audiencia con el ministro. Publicar. Y al final de la introducción hay una frase que merece enmarcarse: «seguramente sin pensar que unas letras pueden llegar donde no lo hace una bala.» Eso es exactamente lo que creen los que escriben en serio, y exactamente lo que olvidan los que escriben para el curriculum.
Las elegías del libro son otra cosa. Tres amigos muertos: José Luis Gil González, Francisco Gil González, Carlos Martínez Torreblanca. No son monumentos de mármol literario ni lamentos formales. Son actos de memoria concreta, con los gestos de los muertos, con sus manías, con la guitarra que dejó de sonar. Al músico Carlos le dice: «Tus pentagramas se visten de luto, / de tu guitarra queda vibrando el bordón, / músico, cómplice y amigo, todo en uno, / te reservo tu sitio en mi corazón.» El bordón que queda vibrando después de que la mano ha dejado de tocar. Eso es una imagen de alguien que conoce el instrumento por dentro, que sabe lo que es el silencio que sigue al sonido. No se aprende en un taller de escritura creativa.
Tengo que decir también, porque en este oficio la honestidad es lo único que justifica el sueldo, que el libro tiene sus irregularidades. Un poemario de más de doscientas páginas que nació de la urgencia y no del limado pacienzudo tiene, inevitablemente, momentos en los que la prisa se nota. Algunos versos de la sección satírica acumulan demasiado sin dejar respirar el texto. Alguna rima fuerza al metro en una dirección que el poema no pedía. Pero les diré una cosa: prefiero la irregularidad honesta de alguien que escribe porque necesita hacerlo a la perfección aséptica de quien escribe para demostrar que sabe. El libro de Martínez Díaz tiene, con sus aristas, más vida en una página de las elegías que muchos libros premiados en toda su extensión.
El poema que da título al libro resume sin querer todo lo que el libro es. «¡Fuera de la Jaula! no es sólo una expresión, / es un lema de vida, una forma de conducta, / una bella frase para bordar un pendón, / un virus benigno en el ADN que no muta.» Un virus benigno en el ADN que no muta. Es decir, algo que no puede arrancarse porque forma parte de lo que uno es. La libertad no como programa político ni como abstracción filosófica, sino como condición constitutiva del que ha decidido no dejarse domesticar. No es Sartre, no es Camus, no es ningún -ismo de universidad. Es un hombre de Jumilla que aprieta la guitarra contra el pecho y le dice al mundo que no cuenta con él para andar como un borreguico.
Les recomiendo este libro. Se lo recomiendo sin matices, sin la coletilla cobarde de «para cierto tipo de lector». Se lo recomiendo a cualquiera que haya amado cuarenta y siete años a la misma persona, a cualquiera que haya perdido a un amigo y no encuentre las palabras para nombrarlo, a cualquiera que mire las noticias y sienta una rabia que no tiene partido al que votar. Los circuitos de consagración literaria no van a descubrir este libro pronto, si es que alguna vez lo hacen. Eso, en mi experiencia, no dice nada sobre el libro. Dice mucho sobre los circuitos.
Javier Pérez-Ayala











