Home Reseñas La respuesta (El amor es más que la vida), de Alejandro Lama...

La respuesta (El amor es más que la vida), de Alejandro Lama Prada. Sin dejar hilo suelto

0

Sin dejar hilo suelto

La otra noche, buscando unas pilas en ese cajón de la cocina donde en mi casa acaba todo lo que no tiene sitio, me salió al paso una caja de lata con carretes de hilo. Era de mi madre. Llevaba años sin abrirla. Allí estaban los colores de siempre, el dedal un poco abollado y una aguja todavía enhebrada con un hilo azul marino que alguien dejó a medias hace muchos años. Me quedé un rato sentada con la caja en el regazo, sin hacer nada, que es lo que una hace cuando las cosas pequeñas le pesan más de lo que deberían. Esa misma semana me llegó un poemario que termina, precisamente, en un cuarto de costura.

Se titula La respuesta (El amor es más que la vida), lo firma Alejandro Lama Prada y lo publica Poesía eres tú. Lama Prada es sevillano, nacido en 1978, licenciado en Derecho, trabaja en la administración de la Universidad de Sevilla y antes había publicado dos libros sobre Theia y otro autobiográfico que mezclaba cuento y poesía. Este es su primer poemario, y se nota, no siempre para mal. Se nota la urgencia de quien no escribe versos por oficio sino porque algo le ha pasado y no encuentra otra manera de contarlo. Lo que le ha pasado es la muerte de su padre. El libro no lo esconde; lo ordena en tres tiempos, tres secciones con nombres muy llanos, «Aproximación», «En tránsito» y «Seguimos», que son, si una lo piensa, las tres cosas que hacemos todos cuando alguien se nos va: acercarnos, acompañar y luego seguir como se pueda.

Antes de las secciones hay un agradecimiento breve dirigido a «nuestro ángel» y a una mariposa, y esa mariposa vuelve una y otra vez, revoloteando por los poemas como vuelve un pensamiento que no termina de irse. Quién es exactamente no lo sé decir, y el libro tampoco lo precisa: prefiere dejarla así, como presencia. En la primera parte, la más contemplativa, el poeta camina por veredas, mira rocas desnudas, mira nubes, huele pinares, y todo el paisaje parece estar preparándose para algo. «El sendero» se cierra con unos versos que explican el título y que me gustaron por su sencillez casi de refrán: «Sintiendo / mi pregunta, / a tu espalda / la respuesta». En esta sección hay un poema, «Huellas de amor», que está entre lo mejor del conjunto, y lo está por una razón muy concreta: porque en él habla una niña. La hija de quien escribe dice que las nubes son «Algodones de azúcar / que a los ángeles / han sobrado hoy», y de repente el poema baja a la tierra, a la voz de una casa, y una se cree todo lo que viene después.

Porque lo que viene después es duro. «En tránsito» es la sección del hospital, y ahí el libro se vuelve otro. Los poemas se acortan, se secan, pierden adorno y ganan una verdad que duele. «Tu mano» empieza así: «Tu mano estaba fría / y antes de irme / su temperatura cambió». No hace falta más. Cualquiera que haya cogido la mano de alguien en una cama de hospital sabe de qué temperatura está hablando. En «La risa que no escuché» aparece un detalle que otro poeta, más preocupado por quedar bien, habría quitado, y que es justo el que hace que el poema se le quede a una dentro: el hijo suelta una broma y el padre, en la cama, ríe sin la dentadura puesta, «se desfigura tu cara sin dentadura / y vuelves a reír». (Yo también he visto una cara así, en una habitación con la persiana a medio bajar, y recuerdo que me dio un poco de vergüenza que me pareciera tan bonita.) Esa honradez con lo feo, con lo que no sale en las fotos, es lo más valioso que tiene Lama Prada.

«Duelo de amor» es casi un parte de guardia escrito en versos muy breves, de medida parecida, que suenan a respiración entrecortada. Hay un rosario cantado, un abanico de cartón y una frase que se repite como un estribillo mientras todo se precipita: «Tú sobrevolabas». Luego, sin avisar, «Máquinas avisan, / los médicos corren». Pocas veces he leído una agonía contada con tan poca retórica y tanto pulso. En «Mar de nubes» lo último que el padre alcanza a decir son dos palabras, «Hola hijo», y el libro tiene la delicadeza de dejarlas solas en su verso, sin comentario, que es donde tienen que estar. Y en «Recuerdo» vuelve la vida doméstica, que es la que de verdad nos persigue cuando alguien se muere: una copa de solera, «el humo de tu cigarro», y ese verso que me hizo levantar la vista del libro: «Huelo tu colonia / paseando por el pasillo». Los muertos, al final, se quedan en los pasillos.

Ahora bien, tengo que decir también lo que me ha costado, porque el libro merece una lectura sincera y no una palmada en la espalda. En «Horizonte unido» el poeta escribe que «no es una idea la poesía», que es una emoción, y yo estoy de acuerdo. Pero a ratos el propio libro olvida su consejo. Cuando se aleja del hospital y de la casa, los poemas se llenan de palabras grandes, esencia, infinito, dimensión, eternidad, «amor incondicional», que dicen el sentimiento en lugar de hacerlo sentir. Y hay cierres que explican lo que la imagen ya había dicho sola. «El reflejo» describe una montaña con verdadera belleza y luego remata con una moraleja, «Así nosotros / sin amor», que a mí me sobra. En «Seguimos», la tercera parte, esa tendencia se acentúa: la idea de que el amor vence a la muerte se repite de poema en poema, y llega un momento en que una echa de menos otra mano, otro olor, otra escena concreta que la sostenga. Es el defecto de quien quiere tanto que teme no ser entendido, y por eso insiste. Pero el poeta que escribió «Tu mano» no necesita subrayar nada.

Aun así, también en esa última parte hay momentos que rescatan el conjunto. En «Restos de vida» el olor de una chimenea al atardecer lleva a una observación de una ternura casi inexplicable: «No me sorprende / que tus cenizas / huelan a mar». En «Maderas» vuelve la mano, esta vez la de la infancia, sudada y caliente, y el tiempo se dobla sobre sí mismo sin que el poema tenga que anunciarlo. Y luego está «El cuarto de la costura», que cierra el libro y que me devolvió, sin que yo lo buscara, a la caja de lata de mi cocina. Alguien cose a punto de cruz, cose amor, dice el poema, «y no te gusta dejar / hilo suelto». Su final es sencillo, casi doméstico, y tiene más fuerza que muchas de las páginas que hablan de lo eterno. Lo eterno, a veces, cabe en un dedal.

Hay libros de duelo que se escriben para el lector y libros de duelo que se escriben porque no queda más remedio, y este pertenece claramente al segundo grupo. Eso le da sus flaquezas, esa insistencia, esas palabras demasiado altas, y le da también su virtud principal, que es no fingir. Alejandro Lama Prada no ha querido hacer un poemario perfecto; ha querido que su padre no se le fuera del todo, y en los mejores momentos lo consigue. Quien haya pasado por una habitación de hospital reconocerá muchas cosas aquí, y quien no haya pasado todavía encontrará una compañía para cuando le toque.

La caja de hilos sigue en el cajón. No saqué la aguja; la dejé como estaba, enhebrada con su hilo azul marino, a medias. Me dio pena terminar una costura que no era mía. Y con el libro me pasó algo parecido: lo cerré despacio, sin querer rematarlo todavía, dejando un hilo suelto por si mañana me apetece volver.

— Ángela de Claudia Soneira

0

Tu carrito

Salir de la versión móvil