El mar que no sobresale de los diques
Hace muchos años, en el muelle de un puerto de levante, vi a un viejo pescador sentado en el noray de un muelle comercial, de espaldas a un crucero de catorce cubiertas que le tapaba el horizonte como un edificio de oficinas. Remendaba una red. No levantó la vista en todo el rato que estuve allí. Cuando le pregunté, por decir algo, si el mar seguía siendo el de antes, me miró con esa paciencia que solo tienen los que han visto mucha agua, y me dijo que el mar sí, que los que habían cambiado eran los muelles. Me acordé de él la otra noche, leyendo un poema de Manuel Aguilera Serrano donde el mar aparece detenido junto a los diques, cargando a hombros cruceros, yates, buques y jábegas, convertido en un mar «de humillada cabeza / que nunca sobresale de entre diques». Y pensé que aquel pescador y este poeta, sin conocerse, habían llegado al mismo sitio por caminos distintos. Que es lo que ocurre, a veces, con la gente que mira las cosas despacio.
El libro se llama “Y entre los abrojos pájaros de luz”, lo publicó Ediciones Rilke en Madrid, en primera edición de 2022, y su autor tiene en el mismo sello otros títulos —Los rostros de Ítaca, Flujos de voz que no cesan— que dan pistas sobre el rumbo de su navegación: el regreso, la voz que insiste, la memoria como puerto. Es un poemario corto, de apenas medio centenar de páginas, dedicado a su esposa y dividido en tres partes: “Llaman a tu puerta”, “Madre Naturaleza” y “Avivando rescoldos”. Tres singladuras, si me permiten la imagen, que van de la ciudad herida a la naturaleza y de ahí a la memoria, que es el último fondeadero de todo hombre que ha vivido lo bastante para tener algo que contar.
La primera parte arranca en una ciudad dormida, de farolas alineadas en formación militar que compiten con la luna, y enseguida se oscurece: el confinamiento de 2020, las calles vacías, la primavera que vuelve en vano con su vestido de almendros. Ahí el poeta acierta con una frase que vale por un parte de guerra entero: «Todo está y todo falta». Fíjense ustedes. Cinco palabras. Quien pasó aquellos meses asomado a una ventana sabe que no hay mejor manera de decirlo. Y Aguilera, que es hombre de lecturas, se permite una ironía de cinéfilo al recordar que nunca estuvo más cerca Hitchcock con su ciudad de pájaros temibles. Ese pulso entre la desolación y el guiño culto recorre todo el libro, y es de lo mejor que tiene.
Luego vienen los poemas de actualidad, y aquí conviene hablar claro, porque un crítico que solo dice lo que agrada no es un crítico, sino un vendedor de cupones. Hay en esta primera parte un empeño cívico noble —los migrantes en el mar oscuro, el periódico de malas noticias frente al diario anónimo de los que ayudan, los políticos que sueltan palabras huecas en el hemiciclo, un mandamás innombrado que alza muros y presume de ser el mejor— que no siempre encuentra la forma a la altura de la intención. Cuando el poeta escribe «Aprenderemos todos / a sentirnos personas», uno asiente, claro; pero asiente como se asiente ante un sermón bien intencionado, no como se estremece ante un verso. La moraleja explícita es un ancla que el poema arrastra por el fondo, y en estos textos el autor la echa más de una vez donde la imagen ya había hecho el trabajo. El lector no es tonto. Agradece que le dejen llegar solo.
Hay excepciones, y notables. En “Otros reyes magos” el mar recibe sus regalos de Reyes —plástico y variedades— en una cabalgata de calamares con impermeable, tortugas embolsadas y doradas con una horquilla atravesándoles el paladar, y en lugar de confeti cae «un hormigueo de los microplásticos». Ahí no hay sermón: hay una imagen cruel, exacta, casi goyesca, y el poema remata con las olas que mueren en la arena con un triste porqué. Eso es poesía con nervio. Lo mismo ocurre con el poema de las bocas del hemiciclo, que termina soltando las palabras como palomas sobre pupitres de niños: «Luz, pájaros de luz sobre pupitres». De ese verso, sospecho, sale el título del libro, y no es mala bandera para izar en el mástil.
La segunda parte, “Madre Naturaleza”, es la más serena y, a mi juicio, la más lograda. Aguilera tiene ojo de campo: la luna como gallina clueca que cobija chopos y cortijos, los leñadores y cazadores furtivos que pasan al alba y vuelven al atardecer con las arcadas de los rifles, el jazmín de un patio abandonado que fue cómplice de juegos infantiles y sigue trayendo luz a las noches de recuento de sombras. En “Cortar un ala al tiempo” el poeta se dirige a un tú que no para de mirar el reloj y le da una orden que yo suscribo sin reservas: «Atrévete a cortarle un ala al tiempo». El poema insiste —córtasela sin miedo, una vez y otra— con una anáfora que funciona como el golpe acompasado de los remos. Y en “Tú no eres” aparece ese mar del que les hablaba al principio: el mar de la infancia de tierra adentro, que llegaba en el habla del padre y en los tebeos del capitán Trueno, frente al mar domesticado del paseo diario. Ahí el autor deja de predicar y se limita a mirar. Y cuando un poeta mira bien, señoras y señores, no necesita decirnos qué debemos sentir.
“Avivando rescoldos”, la tercera parte, es territorio de memoria. Está la mano del sembrador que reaparece en sueños, el pueblo de la infancia que se va quedando en blanco y negro en la retina, la brisa antigua y eternamente joven que columpia el tiempo hacia la canción de cuna. Hay homenajes —a Pessoa sentado en A Brasileira con sus heterónimos a cuestas, a Miguel Hernández, a Neruda y a Lorca citados de pasada en un “Beatus ille”, a un titiritero quijotesco que recorre plazoletas en busca de risas infantiles— que delatan a un lector agradecido. Algunos de esos homenajes funcionan mejor que otros: cuando el poema incrusta versos ajenos muy conocidos, el eco ajeno pesa más que la voz propia, y uno echa de menos que Aguilera se fíe más de su timbre, que lo tiene. El cierre del libro, en cambio, es limpio: el tiempo que pasa en su brioso corcel, la ceniza sobrante sobre los rescoldos, y un hombre que sopla sobre ellos para que no se apaguen. Les diré una cosa: pocas maneras más honradas hay de envejecer.
Ahora, el contexto. Libros como este, de editoriales pequeñas y autores que escriben sin hacer ruido, suelen navegar en un silencio crítico casi absoluto, sin más escolta que la de sus lectores directos. No es justo, pero es lo que hay. Las mesas de novedades las ocupan otros, y la poesía de verso libre, culto y sin estridencias, que no busca escándalo ni pose, tiene poco que hacer contra el ruido. Por eso conviene señalar estos barcos cuando pasan cerca de la costa. Este no es un libro perfecto: tiene sermones que sobran, algún adjetivo de más y homenajes que le roban el timón. Pero tiene también una mirada decente, oficio de verso y momentos de verdadera luz entre los abrojos, como promete el título. Léanlo despacio, un poema por noche, como quien remienda una red de espaldas a los cruceros. El mar, ya lo dijo aquel viejo, sigue siendo el mismo.
— Javier Pérez-Ayala



