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¡Lo callado, a gritos! de Myrna L. Betancourt: La memoria que no pide permiso

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¡Lo callado, a gritos! de Myrna L. Betancourt: La memoria que no pide permiso

Hay libros que llegan a las manos del lector como botellas lanzadas al mar: sin el sello de las grandes editoriales, sin el aparato de marketing que convierte cualquier mediocridad en best seller, sin el ruido de los premios comprados. Son libros que traen sal y tormenta, que huelen a verdad sin desodorante. ¡Lo callado, a gritos!, de Myrna L. Betancourt, es uno de esos.

La poeta puertorriqueña no se presenta con credenciales académicas ni con el barniz de quien ha frecuentado los talleres literarios donde hoy se fabrican los poetas como se fabrican los muebles de IKEA. Al contrario, su primer poema es casi una declaración de guerra: «Nunca fingiré ser escritora, / pero me apasiona escribir.» Ese descaro, ese negarse a disfrazarse, ya vale más que cien diplomas enmarcados.

El libro se articula en dos cuerpos bien diferenciados. El primero es el territorio del dolor y la resiliencia: el rechazo, el acoso laboral, la voz que fue aplastada y que se niega a quedarse quieta. El segundo, donde la escritura cobra verdadero músculo, se llama «Crónicas de un Bambú Familiar» y es una inmersión en la infancia rural de Puerto Rico, con siete hermanos corriendo descalzos por praderas donde el bambú se inclinaba al viento y los truenos eran todavía una aventura, no una metáfora. Betancourt no escribe desde la distancia protegida del nostálgico. Escribe desde dentro, con el barro todavía en los pies.

El bambú es el eje simbólico de toda la segunda parte, y la poeta lo usa bien. «Entrábamos al bosque cruzando un arroyo, / escuchando el viento en el bambú soplar; / las cañas se inclinan con leve apoyo, / con una venia nos ven pasar.» Esa inclinación sin quebrarse es la columna vertebral de toda la colección: la familia como sistema vivo, flexible, no como institución de mármol. Lo que no se rompe porque sabe ceder. Frente a quienes venden la infancia latinoamericana como decorado exótico, Betancourt la devuelve a su escala real: una cometa hecha con periódicos viejos y cola de retales, un camión de madera y hojalata, siete almas construyendo un mundo con lo que había a mano.

Hay en estos versos una honestidad que incomoda un poco, y eso es exactamente lo que debe hacer la buena poesía. La sección dedicada al acoso laboral, al perpetrador que reducía a la autora «a la tristeza», puede leerse como catarsis personal, pero también como documento social. «No soy víctima de mis cicatrices, / solo prueba de supervivencia.» Eso no lo escribe quien todavía está en el suelo. Lo escribe quien ya se ha levantado y ha decidido contarlo.

El tono del libro no es uniforme, y hay que decirlo sin paños calientes. Algunos poemas de la primera parte pecan de explicativos, de enunciar donde debería sugerirse, de decirle al lector lo que tiene que sentir en lugar de tendérselo sin instrucciones. Pero esa irregularidad no destruye el conjunto; en cierta medida, lo humaniza. Este no es un libro construido por un arquitecto frío de la forma. Es un libro construido por alguien que ha vivido lo que cuenta, y eso se nota en cada verso que funciona y también en los que no acaban de despegar.

«No hubo teléfono, ni televisión, / solo la tierra, el juego y la unión.» En ese verso está todo lo que este libro quiere decir. La memoria como antídoto. La infancia como reserva de humanidad en un mundo que ha decidido prescindir de ambas. Myrna L. Betancourt lo ha traído a la página sin adornos innecesarios, con el pudor de quien sabe que ciertas cosas, si se tocan demasiado, se rompen.

Javier Pérez-Ayala