Las madres oímos antes que nadie. No presumo de ello: es una costumbre del oficio, como la de contar cabezas a la puerta de un colegio o la de saber, sin mirar, que el niño que tose en la habitación de al lado no está tosiendo de verdad. Una acaba reconociendo los pasos de los suyos por el peso del talón, y los sigue reconociendo cuando ya no están. De eso trata Clitemnestra, de Juan Antonio Muñoz Herrera, y por eso me ha costado tanto dejarlo sobre la mesa de la cocina sin volver a abrirlo.
Es un poema dramático de once cantos que publica este año Editorial Poesía eres tú, noventa páginas en las que la reina de Micenas habla desde un lugar que el propio libro llama umbral: ya está muerta y todavía no la ha alcanzado el olvido. Desde ahí se dirige a los suyos, y siete de los cantos llevan su nombre, como en una lista de familia: Ifigenia, Agamenón, Helena, Egisto, Electra, Crisótemis, Orestes. Los otros cuatro nombran momentos: El regreso, El baño, Las Furias, El final. Del mito sabemos todos lo que nos enseñaron, a una mujer que mata a su marido, y sabemos poco de lo que había en la casa mientras él estaba en Troya. Muñoz Herrera, que es periodista y dramaturgo y viene de escribir sobre teatro, música y ópera, ha entrado precisamente por esa puerta.
El primer canto empieza con una mañana, y es de esas mañanas que una reconoce porque las ha tenido: «La mañana tenía / el color de los almendros.» No sabían nada, ni ella ni nadie. Enseguida llegan las cosas pequeñas con las que una madre describe a una hija, que son las que se quedan: «La que dormía con una mano / abierta sobre la mejilla.» Cualquiera que haya mirado dormir a una criatura sabe lo que es esa mano abierta sobre la mejilla. Y entonces, con el mismo tono, el libro cuenta lo que ocurrió en el altar, sin gritar. No lo cuento yo: el poema lo hace mejor, y no quiero quitarle a nadie el golpe.
Del canto de Egisto me quedo con una imagen de compañía verdadera, la de dos personas que no se salvan pero se sostienen: «Como dos exiliados / que descubren / la misma patria perdida.» Pocas veces se ha dicho mejor lo que hace un amor tardío cuando no puede devolver lo perdido. Y con la lucidez que viene después, cuando ella comprende que acompañar y salvar son verbos distintos: «Buscaba una hija. / Y ninguna cama / devuelve una hija.» Es una de esas frases que una subraya con lápiz y con un poco de vergüenza, porque alguien dice en voz alta lo que muchas hemos pensado de madrugada sin atrevernos a ponerle palabras.
El canto de las Furias es el que más he subrayado. Las Furias, en este libro, no son las del mito, con sus serpientes; son un sonido en mitad de la noche, y la primera vez que la reina lo oye tiene todos los ingredientes del miedo doméstico: «Unos pasos. / Pequeños. / Ligeros.» No se asusta de la muerte, que ya había entrado demasiadas veces en su casa, dice. Le asusta el sueño, porque en el sueño la niña corre y no habla. A mí esa transposición me parece lo más inteligente del libro: lo sobrenatural se queda en el terreno de lo que cualquier madre insomne conoce. Y de ahí sale una de las pocas frases que se pueden decir en voz baja y llevarse a la calle: «Los muertos no descansan. / Las madres tampoco.»
Hay después un canto sobre Electra que se entiende peor desde fuera y mejor desde dentro. La reina descubre que se puede perder a un hijo sin que muera: «Es posible perder / a los vivos.» Electra camina por la casa, come, duerme, y está más lejos que los muertos. Es la pérdida que no tiene tumba, la de la hija que mira a su madre como se mira a una enemiga, y el libro la cuenta con una sobriedad que se agradece, sin reproches. Una cierra el canto sabiendo que ninguna de las dos tiene toda la razón y que eso no consuela a nadie.
Y luego está Crisótemis, la hija que abre una ventana. Me ha hecho sonreír, que no es poco en un libro así. La madre la describe como la más silenciosa y la más extraña, la que no aprendió el lenguaje de los muertos, y cuenta un gesto de una tarde en que Electra habla de su padre y ella de Ifigenia: «Y Crisótemis se levantó. / Nada dijo. / Abrió una ventana. / Eso fue todo.» Esas cosas pasan en las casas. Alguien se levanta, abre una ventana y cambia el aire sin decir una palabra. Que el poema lo haya visto, y que lo haya puesto en el lugar exacto, a dos cantos de acabar, me parece un acierto de dramaturgo.
Tengo mis reservas, claro. El libro es de un solo tono. Es un monólogo de noventa páginas y casi todo está dicho en la misma voz baja, sin una sola concesión al humor o a la distracción, que en una casa en duelo también existen: la risa inoportuna, el comentario sobre la comida. Con frecuencia, además, la frase corta con punto final, tan eficaz en los pasajes íntimos, se vuelve sentencia cuando habla de los hombres y de la guerra: el canto de Helena, con su larga enumeración de cadáveres, me pareció el más retórico y el menos íntimo, y eso que contiene algunos de los versos más citables. Me quedé con la sensación de que el autor, que sabe de teatro, a ratos escribe para el patio de butacas.
Al terminar no pensé en Esquilo, ni en Yourcenar, ni en ninguno de los nombres que el prólogo de Mario Hamlet-Metz reúne con tanta erudición. Pensé en las veces en que he esperado unos pasos en el pasillo. Es un libro que habla de una mujer griega muerta hace veinticinco siglos y que consigue, sin proponérselo del todo, hablar de cualquiera. Merece la pena dejarse encontrar por él, y leerlo con la ventana abierta, que viene bien.
— Ángela de Claudia Soneira



