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El arte de decirnos existí, de Cristian Avecillas Sigüenza. Caminar sobre los charcos

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Caminar sobre los charcos

La otra tarde llovía de esa manera tonta que no llega a ser lluvia y que tampoco te deja salir sin paraguas, y yo estaba en la cocina con el libro abierto encima del hule, al lado de una taza que se me quedó fría. Lo había empezado por la mañana en el autobús y lo había cerrado enseguida, porque hay versos que no se pueden leer con la frente pegada a la ventanilla. Uno de ellos decía que el amor se aprende así: «primero nos gustaron las virtudes / y luego, los defectos; / primero caminar bajo la lluvia / y luego, caminar sobre los charcos.» Y yo, que de charcos sé bastante, me quedé mirando la calle mojada como si me la acabaran de explicar.

El libro se llama El arte de decirnos existí y lo firma Cristian Avecillas Sigüenza. Lo ha publicado Ediciones Rilke este año. Es poesía, y lo digo enseguida porque sé que a mucha gente la palabra le da un poco de pereza, como si fuera a pedirle un esfuerzo que no tiene ganas de hacer después de trabajar. Este libro no pide ese esfuerzo. Pide otra cosa, que es más difícil: que una se deje decir cosas. De hecho, una de sus partes se titula así, «Dejarse decir», y me parece que no hay mejor manera de resumir lo que me pasó leyéndolo.

Empecé por la dedicatoria, que es una costumbre que me viene de mi padre, que leía las dedicatorias en voz alta como quien lee cotilleos. Esta va dirigida, entre otros, a «mi ñañita linda», a unos amigos de una mesa con nombre propio y a una mujer, Irene, que está «tan ahora como aquí». Ñañita es una manera cariñosa de llamar a la hermana en el habla de algunos países andinos, y lo que me gustó es que el libro no la traduce. La deja ahí, como se dejan las palabras de casa, que no necesitan explicación para quien las dice.

Lo que tiene este libro, y que a mí me ha llegado mucho, es que habla de cosas enormes —la muerte, Dios, la guerra, las máquinas, el sentido de escribir— pero casi siempre acaba aterrizando en algo que se puede tocar. Un árbol, por ejemplo. Hay un poema, «Para gozar», que compara la vida de un árbol con la de una persona y lo hace con una ternura casi doméstica: «son lo mismo brazo o rama, / sudor o savia, / corteza o piel». Y un poco más abajo dice que «los bosques toman forma de familia / cada vez que se desata una tormenta». Leí eso y pensé en mi madre, que en los días de tormenta nos juntaba a todos en el salón con la radio puesta, sin decir nunca que tenía miedo.

Hay también mucha infancia, y eso siempre me desarma. En «Para adquirir» el poeta recuerda que de niños «hacíamos hablar a los objetos sin hablar», y termina con una coda que me tuvo un rato quieta: «No es que el sufrimiento dé lecciones, / es que cuando éramos niños jugábamos la tarde entera / y nadie estaba muerto.» No sé ustedes, pero yo tengo una tarde así guardada, una de verano en el patio de mi abuela, con los primos y la pelota, y desde que leí ese verso la tengo un poco más presente, como cuando alguien te nombra a una persona que habías dejado de nombrar.

Avecillas —que, según cuenta la solapa, además de poeta es cantautor y dramaturgo— escribe con mucha música, y a veces con demasiada. Lo digo con cariño. Hay poemas en los que una fórmula se repite tantas veces que acaba sonando a estribillo, y el estribillo, que en una canción es una alegría, en la página puede cansar un poquito. Me pasó en algunos tramos de la cuarta parte, «Vida de artista», donde las preguntas sobre para qué escribir se encadenan unas con otras y una echa en falta, de vez en cuando, que alguien abra la ventana. También me costó la última parte, que es una colección de frases ajenas emparejadas, muy bonita como gesto de gratitud, pero que leí como quien hojea el álbum de fotos de otra familia: con simpatía y con un poco de distancia.

Ahora bien, cuando la música acierta, acierta de verdad. En «Felicidad sin parecerse» hay un deseo que yo firmaría con las dos manos: «ojalá que cuando más necesitemos, / nos atienda una persona / y no una máquina». Me acordé de la última vez que llamé a un teléfono de atención al cliente y una voz grabada me pidió que dijera en pocas palabras cuál era mi problema. No supe. Este libro, en cambio, sí sabe decir en pocas palabras cuál es el problema, y además lo dice con una delicadeza que no esperaba.

Me gustó mucho, también, una prosa brevísima de la tercera parte, «Decir identidad», que son tres líneas nada más y que he copiado en mi libreta. La primera dice: «El rostro que tendríamos si nadie nos hubiese comparado.» Me parece que ahí está casi todo. Lo que habríamos sido sin el colegio, sin las fotos de las revistas, sin la vecina que siempre tenía algo que decir de cómo íbamos vestidas. El libro no se queda en la queja, que sería lo fácil. Lo que hace es proponer otra cosa: que nos digamos unos a otros, que alguien nos nombre para poder existir. Lo dice de muchas maneras, pero la que más me gusta es esta: «salimos de ser nadie si nos dicen tú».

Y así lo cerré, ya de noche, con la taza todavía en la mesa y la lluvia, por fin, lloviendo en serio. No sé si este es un libro para leer de un tirón. Creo que no. Es más bien de los que se dejan en la mesilla y se abren por cualquier página, como quien vuelve a una conversación que se quedó a medias. Merece la pena que se dejen encontrar por él, aunque sea por un verso. A mí me encontró por el de los charcos.

— Ángela de Claudia Soneira