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El brillo de los cristales rotos, de José Castellà Blanch. Los cajones que no abrimos

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La otra semana estaba ordenando el cuarto de arriba —una de esas tardes que se anuncian productivas y acaban en melancolía— y encontré una caja de fotografías que creía perdidas. Fotos de cuando yo era pequeña, en un piso que ya no existe, con gente que lleva décadas muerta. Me senté en el suelo a mirarlas y estuve mucho rato sin poder levantarme. No porque me pusiera triste, o no solo por eso, sino porque sentí algo que no sé nombrar del todo bien: que mirar aquello era también, de alguna manera, romperlo.

De eso va El brillo de los cristales rotos, el primer poemario de José Castellà Blanch. De recordar como acto de destrucción. De que los fragmentos del pasado brillan precisamente porque son fragmentos; el cristal entero no daría tanta luz.

Castellà Blanch tiene setenta y nueve años y empezó a escribir poesía a los setenta y dos. Una se queda pensando en eso: en todo lo que tuvo que acumularse para que saliera este libro. Tortosa de infancia, Alicante de vida adulta, décadas de trabajo y de silencio antes de que llegaran los poemas. Y cuando llegaron, llegaron en orden. No hay en este libro el ímpetu desordenado de quien escribe sin haber leído. Hay oficio aprendido de otra manera, que es el oficio de haber vivido despacio.

Me gustó especialmente la segunda sección, El cuerpo y el deseo, que tiene poemas con una franqueza que no es exhibicionismo sino honestidad. Un poema sobre una fotografía de revista pegada en la pared de un taller mecánico —una muchacha de papel couché, como dice él— que habla del deseo y de la soledad de los hombres jóvenes de una manera que no juzga ni condena. Eso también es difícil de hacer.

La voz de Castellà Blanch no levanta la voz. Tiene la cadencia de quien cuenta algo a alguien que conoce de hace tiempo. Y esa confianza, que a veces en poesía resulta demasiado fácil, aquí está ganada verso a verso.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Y si de paso se ponen a ordenar algo y sacan cajas que llevan tiempo sin abrir, no digan que no les avisé.

— Ángela de Claudia Soneira