Parajes Impares de Mia Reig: La pedagogía del duelo o cómo enseñar lo que no tiene aula
Hay libros que traen consigo una densidad acumulada, una lentitud de fondo que no es lentitud sino sedimentación: el tiempo que ha necesitado un ser humano para mirar hacia dentro, reconocer lo que hay, y encontrar la forma precisa de decirlo. Parajes Impares, el primer poemario de Mia Reig, pertenece a esa categoría de debuts que no emergen de la impaciencia sino de una espera larga y meditada, construida en silencio durante dos décadas dedicadas a la pedagogía terapéutica y a la educación de personas que, por una u otra razón, el sistema había dejado en los márgenes.
Esa condición de educadora —especialista en educación inclusiva en la comarca valenciana de la Safor, formadora de adultos, defensora de quienes aprenden de otro modo— no es un dato biográfico menor que se consigna y se olvida. Impregna el tono del libro entero, una sensación de que quien escribe ha aprendido a medir el daño desde la cercanía, a nombrar la herida con vocabulario exacto, sin el exceso que distorsiona ni la omisión que encubre. El poemario se organiza como un itinerario por terrenos emocionales distintos que confluyen en el mismo horizonte: la memoria que nos habita, el deseo que no pide permiso, la pérdida que llega, como escribe Reig, «reducida a noche y agua».
La imagen merece detenerse en ella porque resume el procedimiento central de este libro. Reig no trabaja desde la abstracción hacia lo concreto; trabaja al revés, partiendo de lo sensorial, de lo táctil y lo gustativo, para llegar a la emoción que de otro modo quedaría sin forma. En «Agua de coco» lo hace con una audacia tranquila: «Ya no tuve más remedio que dibujar / una infinita nube de tiempo / de agua de coco / para que descanses en ella.» Una nube de tiempo de agua de coco. La imagen es tan inusitada que descoloca, y en ese desconcierto momentáneo reside precisamente su eficacia: hace que el lector sienta la ternura antes de entenderla.
La memoria es el gran eje vertebrador del poemario. No la memoria como inventario de lo perdido, sino como diálogo activo con quienes ya no están. En uno de los poemas más sostenidos del libro, Reig recurre a la imagen de las migas de pan —la idea de Hansel y Gretel, como ella misma la llama— para hablar de cómo dejamos señales para que los muertos puedan encontrarnos. Es un acto poético que condensa a la vez la ternura de la infancia y la conciencia adulta de la pérdida, dos registros que Reig sabe hacer coexistir sin que ninguno anule al otro. En «Día azul plateado» esa tensión alcanza su formulación más limpia: «¿intervino un dios, el azar o la suerte? / No sé, mas ella, mi mejor enemiga, / oscureció hasta desaparecer.» La pregunta sin respuesta, la liberación que tampoco es una victoria clara, la ambigüedad que devuelve al lector su propia experiencia de los afectos que hacen daño.
La sección dedicada a Margarita Gil Roësset —escultora e intelectual de la Generación del 27, muerta a los veintiocho años, cuya obra ha permanecido en un olvido que no ha sido inocente— representa la apuesta más audaz del libro. Que Reig, en su debut, dedique a esta artista no un poema sino una sección estructural, es un gesto que trasciende el homenaje y se convierte en posicionamiento literario y ético. La educadora que ha pasado veinte años trabajando para que nadie quede excluido del aprendizaje no puede dejar de escribir sobre una mujer que fue excluida de la memoria. Hay una coherencia de fondo en este libro que no siempre es visible en los poemarios de debut, donde la urgencia expresiva suele imponerse sobre la arquitectura del conjunto.
Parajes Impares no es un libro sin fisuras. Hay poemas donde la voz busca su forma todavía y otros donde la imagen llega antes que el criterio de contención. Pero tiene algo que la poesía más trabajada a veces pierde: la convicción de que nombrar lo propio es también nombrar lo de todos, que la experiencia singular bien dicha se convierte en espacio compartido. La escritura de Mia Reig nace de ahí, de esa creencia que los buenos maestros nunca abandonan: que las palabras, cuando son exactas, enseñan lo que de otro modo no tiene forma de transmitirse.
Antonio Graña Ojeda











