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Peripecias del hada torpe Titania, de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda. Una heroína con la nariz torcida

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Una heroína con la nariz torcida

La otra tarde se me cayó una taza en la cocina. No una cualquiera, sino la de las flores azules que era de mi madre y que yo usaba solo los domingos, por miedo precisamente a lo que acabó pasando. Me quedé mirando los trozos en el suelo con esa mezcla de rabia y de vergüenza que da romper algo querido aunque no te vea nadie, y me acordé —una se acuerda de cosas raras en esos momentos— de que mi madre decía que hay personas que nacen con las manos de mantequilla. Lo decía de mí, claro. Esa misma noche empecé a leer Peripecias del hada torpe Titania, y desde la primera página supe que había encontrado a una hermana.

Titania es un hada, sí, pero un hada que no acierta una. Los autores, Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda, la presentan sin rodeos: tiene «un talento innato para la calamidad», y los elementos mágicos con un mínimo de instinto de supervivencia huyen a su paso. Resbala en el hielo, cae con estrépito, se levanta con un pegote de nieve en la retaguardia —me encantó esa palabra, retaguardia, para un hada— y sus alas, que deberían ser un prodigio de finura, parecen «dos pañuelos arrugados y mojados». Hasta los copos de nieve se desvían para no contagiarse de su infortunio. Yo, que he tenido rachas así, me reí mucho, pero me reí con ella, no de ella, que es una diferencia que este libro cuida con mucho mimo.

Lo bonito llega enseguida. Esa misma noche, buscando refugio, Titania entra a tientas en una cabaña y se deja caer en lo que cree un camastro, que resulta ser el pecho de un leñador dormido. Le hace una herida en la frente con la media varita y, en vez de salir corriendo, se queda, y le cura. Ese leñador, un hombre gruñón y solitario que nunca llega a tener nombre en el libro, se convierte en su mentor, su casero, su enfermero y, sobre todo, su amigo. Le enseña cosas que a mí me parecen de una sensatez enorme: que no hace falta ser el hada más prestigiosa, que basta con aprender a controlarse; que es mejor arreglar una gotera que lanzar hechizos grandiosos. (En el primer intento de Titania con la gotera, por cierto, el agua sigue cayendo pero sabe a limonada tibia. Una pena para dormir, pero qué delicia de imagen.)

Hay una cosa que me ha emocionado y que quiero contar despacio. El libro está hecho de episodios, treinta y uno, y en casi todos Titania ayuda a alguien a su manera torpe: a unas ardillas que se pelean por las bellotas, a un búho que ha perdido la luz y las ganas, a un lobo con una pata rota que no quiere que nadie lo toque, a un topo que se ha encerrado en su madriguera porque está harto de todos. Y lo que me ha llegado es que Titania casi nunca resuelve las cosas con un gran hechizo, sino sentándose al lado. Con el lobo, por ejemplo, no hace nada al principio: se sienta cerca y le canta, y el animal, que le había gritado que se largara, acaba durmiéndose. Con el topo entiende algo que me subrayé con lápiz: «Necesita sentirse visto, no solo oído». Cuántas personas conozco así. Cuántas veces he sido yo así.

También hay personajes humanos que se me han quedado dentro, y quizá sean lo mejor de la parte central. Una campesina mayor, Ekara, que despeja un canal de barro para llevar agua a un tilo viejo que sujeta la ladera, aunque su propia cosecha ya se ha perdido. Titania, agradecida, le transforma los harapos mojados en un vestido de princesa con encajes de oro y perlas, y la mujer, tiritando, le contesta con toda la lógica del mundo que «estos lujosos ropajes no sirven para trabajar la tierra». Me pareció una escena perfecta, de esas que dicen mucho sin subrayar nada: la magia bienintencionada que no se para a pensar en quién tiene que vivir con ella. Y un pastor anciano, Koris, que gasta el último calor de su hoguera en tallar unos alces de madera para sus nietos. No cuento más. Solo diré que en ese episodio tuve que dejar el libro un rato en el regazo.

No todo me ha gustado igual, y lo digo con cariño. A partir de la mitad, la historia se va de viaje muy lejos: a una ciudad flotante de oro, a unos mares de nubes, a una biblioteca que va a la deriva, y el lenguaje se vuelve más solemne, más cargado de palabras grandes. A mí, que soy de cocina y de barrio, me costó a ratos seguir a Titania por esas alturas; echaba de menos la cabaña, el olor a resina y el té de hojas de sauce que el leñador prepara en su tetera abollada. Sospecho que a algunos lectores jóvenes les pasará lo mismo, aunque a otros, a los que se pierden a gusto en mundos inventados, quizá les encante precisamente eso. Lo que sí agradecí es que, incluso entre engranajes cósmicos y tormentas de antimateria, los autores no le quitan a Titania su torpeza: se resbala en los suelos pulidos de los palacios y se cae de cabeza dentro de una vasija ceremonial, y yo respiraba aliviada cada vez.

Y luego está el final, que no voy a contar, pero que me hizo pensar otra vez en mi madre y en su manera de decir lo de las manos de mantequilla, que nunca fue un reproche sino una forma de quererme como era. En las últimas páginas Titania dice algo que me he apuntado en la libreta de las frases que quiero recordar: «Mi nariz se curará, Majestad. Se ha roto tantas veces que ya conoce el camino de vuelta, como los brotes que regresan tras la nevada». Ojalá a todos nos quedara el cuerpo así, sabiendo volver.

El libro lo publica Ediciones Amaniel, y trae un regalo al final: el poema burlón del que, según cuenta la página que lo presenta, nació toda la historia. Léanlo después, como quien se come el último trozo de bizcocho. Es un libro para niños, sí, y es también un libro para los que fuimos niños torpes y lo seguimos siendo. La taza de las flores azules no la he tirado. La he pegado con mucha paciencia y se le notan las grietas. Ahora la uso a diario.

— Ángela de Claudia Soneira