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Restauración de la Belleza, de José Carlos Turrado de la Fuente. El hombre que no quería ser banquero

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El hombre que no quería ser banquero

Mi padre se sabía de memoria unos cuantos sonetos que nadie le había pedido aprender por gusto. Se los habían metido en la cabeza en una escuela de posguerra, a base de repetición y algún coscorrón, y él los soltaba de pronto, mientras pelaba una naranja o esperaba a que hirviera el agua del café, con una solemnidad que a mí, de niña, me daba entre risa y vergüenza. Tardé años en comprender que aquello no era pedantería, sino otra cosa: la prueba de que la música de un verso bien medido se queda a vivir en el cuerpo aunque uno no lo quiera. Me he acordado mucho de él estos días, leyendo Restauración de la Belleza, el libro que José Carlos Turrado de la Fuente acaba de publicar en Ediciones Rilke, porque es un libro que se lee con el oído antes que con los ojos, y porque tiene algo de esa terquedad de los que recitan en la cocina sin pedir permiso.

Conviene decir desde el principio que no es un libro tibio. Turrado, que llega con este a su décimo poemario, ha escrito un manifiesto, y lo avisa en la primera página con un soneto-prólogo que es casi un puñetazo en la mesa. «Es feo, ¿qué pretendes aportar?; / somero, ¿qué pretendes defender?», empieza, y una no sabe muy bien si se dirige a un poeta joven, al mercado editorial o a sí mismo en un mal día. Más adelante habla de «la adulación del mercader» y del «arte convertido en muladar», y cierra con una afirmación que hoy casi nadie se atreve a escribir sin ironía: «el arte es bello, bueno y sempiterno». Confieso que la leí dos veces. La primera con cierta desconfianza, la segunda con algo parecido a la envidia. Hace falta valor para decir eso en voz alta en estos años, cuando lo que se lleva es encogerse de hombros.

Lo que sostiene ese valor, y lo que impide que el manifiesto se quede en pancarta, es el oficio. Turrado sabe hacer un soneto como un ebanista sabe hacer una cómoda: sin que se vean los clavos. Alterna los de corte clásico con liras, décimas y octavas, y lo hace con una naturalidad que a quienes no escribimos en verso nos parece un pequeño milagro y que, sospecho, le ha costado una vida entera de práctica. No hay en estas 162 páginas un endecasílabo cojo, o yo no lo he encontrado, y eso, en un tiempo en que mucha poesía se escribe como quien deja notas pegadas en la nevera, ya es una declaración de principios.

Pero a mí, que soy lectora de vidas más que de métricas, lo que me ganó fue otra cosa. Fue descubrir que detrás del hombre que levanta la voz hay un hombre cansado, y que no lo esconde. En uno de los primeros poemas escribe: «Fantasmas del pasado me visitan, / certezas de mi joven nihilismo, / antiguos como viejo soy yo mismo», y termina con un verso que me dejó un rato mirando por la ventana: «ya no me falta fe, sino energía». Pocas veces he leído una definición tan exacta de cierta edad. No es la desesperanza del que ha dejado de creer, es la del que sigue creyendo y nota que las piernas ya no le responden igual. Ahí Turrado no posa. Ahí está la vida detrás de la escritura, que es lo que a mí me importa.

Hay también en el libro un paisaje, y eso siempre se agradece, porque los manifiestos suelen tener poco suelo. El alma del poeta «escapa a Níjar, campo agreste», a una infancia que se adivina áspera y luminosa, y de pronto aparecen palabras que yo no había oído nunca o que había olvidado: corcollera, burdégano, madejón. Tuve que ir al diccionario más de una vez, y lo digo sin reproche, o con un reproche muy pequeñito. Esa España de tierra seca, de Níjar y de Extremadura, entra en los poemas sin folclore, con una melancolía sin adornos: «pero es tarde, he crecido, / la corcollera va / minando donde paso el recorrido: / la vida sucia atrás». Esa lira me parece de lo mejor del libro, porque ahí la defensa de la belleza deja de ser una tesis y se convierte en una pérdida.

Y luego está el amor, que en este libro es cosa seria y también cosa de cama. Turrado escribe sonetos eróticos con una desinhibición que me hizo sonreír, porque una espera de un defensor de la tradición cierto recato y se encuentra con versos como «Tu cuerpo es tibio, ¡qué temperamento!», o con esa imagen tan doméstica y tan rara del enamorado que confiesa: «Me ciega cada noche un nuevo orzuelo / cuando sin poder verte paso un día». Me gusta que el amor sea a la vez «mi condena y mi alegría» y que el poema termine en una rendición tan tierna: «Y sin embargo yazco aquí, a tu lado, / a tu existencia suave condenado». Quien haya compartido muchos años la cama con alguien sabe que eso es exactamente así.

Ahora bien, y aquí viene lo que no me ha convencido, porque una reseña que solo aplaude es una carta de amor y para eso ya están los sonetos. El libro tiene momentos en los que la voz del predicador se come a la del poeta. Cuando Turrado escribe «di NO a la «inteligencia artificial»», con ese NO en mayúsculas como en una pintada, comparto el fondo, de verdad, pero el verso se me queda en consigna. Lo mismo me pasa con el grito de «¡No leáis más, muchachos, ya, parad! / ¡no continuéis cavando vuestra tumba!», que entiendo como una provocación dirigida a quienes leen mal o leen basura, pero que, sacada de contexto, suena a abuelo enfadado con el mundo. Y el tono épico de «¡Alzad, raza poética, / los estandartes rotos al futuro!» tiene algo de arenga que a mí, que desconfío de todos los estandartes, me pone en guardia. Tampoco me ha convencido del todo ese soneto en el que el deseo se nombra a través de una mulata de «aroma de colonia y cafetal»: la mirada tiene un exotismo antiguo que chirría al lado de la delicadeza de otros poemas. No digo que sobre; digo que ahí la tradición pesa más de la cuenta.

Quizá sea inevitable. Un manifiesto necesita enemigos, y el de Turrado los tiene muy claros: lo feo, lo vacuo, el mercader, la máquina. El riesgo es que el lector que no comparta del todo la cruzada se baje del barco antes de llegar a lo mejor, que está precisamente en los poemas donde el autor deja de pelear y se pone a recordar o a amar. Yo le habría pedido, si me hubiera pedido opinión, que confiara un poco más en esos momentos y un poco menos en los tambores.

Hay, sin embargo, un verso que lo explica todo y que me desarma: «no quiero ser banquero, y sí poeta». Lo dice con una sencillez casi infantil, como quien declara su vocación a los ocho años, y en esa frase se resume la apuesta entera del libro. Es un hombre que ha elegido, que sabe lo que ha perdido eligiendo y que no se arrepiente. «¡Ahora o nunca!, es mi única certeza / en lo que representa mi escritura», escribe en otro lugar, y le creo. Le creo porque se nota la urgencia, y porque la urgencia, cuando es sincera, perdona muchos excesos.

Cerré el libro pensando otra vez en mi padre y en sus sonetos de la cocina. Él no habría entendido nada de las polémicas que agitan hoy la poesía, ni falta que le hacía. Pero habría entendido perfectamente a Turrado, porque los dos pertenecen a esa raza de gente para la que la belleza no es un adorno, sino una forma de decencia. Restauración de la Belleza es un libro discutible, apasionado, a ratos excesivo y a ratos precioso. Es decir, un libro vivo. Y eso, en estos tiempos, no es poco.

— Ángela de Claudia Soneira