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Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: La forma como memoria y como ética

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Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: La forma como memoria y como ética

Hay libros que llegan con el peso de una reflexión sostenida en el tiempo, de esa clase de preguntas que un escritor se ha hecho en silencio durante años antes de atreverse a ponerlas sobre el papel. Versos y Aversos, de José Carlos Balagué Doménech, es uno de ellos. No es un poemario que se escriba de una sentada ni que se lea sin detenerse. Es el resultado de alguien que ha pensado con rigor qué significa hacer poesía, qué se pierde cuando se nombran mal las cosas, y qué posibilidades abre reconocer que entre el verso y lo que no lo es existe una frontera real, no convencional ni arbitraria.

La distinción que articula el libro —verso frente a averso— no es un tecnicismo que el autor exhiba como credencial académica. Es, en realidad, una recuperación de sentido: verso es lo que está sujeto a las reglas de la versificación, acento, ritmo, rima, cadencia, cesura y métrica; averso es lo contrario, aquello que la tradición reciente ha denominado con impropiedad «verso libre», porque libre, en efecto, puede serlo, pero verso no lo es si carece de las leyes que lo definen. La diferencia importa. Las palabras con las que nombramos lo que hacemos forman parte de lo que hacemos, y la confusión terminológica que ha presidido buena parte del debate sobre la forma poética en las últimas décadas ha oscurecido tanto la discusión que resulta refrescante encontrar a alguien que se tome la molestia de ordenarla.

Pero josecarlosbalague —así se firma el autor, con esa minúscula que iguala el nombre propio al sustantivo común— no escribe un ensayo. Escribe un poemario, y la distinción teórica se encarna en los poemas con esa clase de demostración que no necesita ser anunciada porque se produce sola. Cuando leemos «Oferéceme a amar que no me acuerdo. / Tanto tiempo hace que no he amado / que el placer de amar se me ha olvidado / y solo quedó en mi vago recuerdo», la redondilla cumple su promesa: la forma sostiene el contenido, lo enmarca, le da la densidad que el verso medido sabe dar al sentimiento cuando el poeta conoce su oficio. Y cuando el texto se expande hacia el averso, como en esa larga memoria de la soledad y el deseo que recorre el poema «Hubo un tiempo», la forma abandona la medida pero no el rigor: «Necesitaba compartir con otro ser / que coincidiera conmigo en la irrealidad, / sin limitaciones impuestas por disciplinas absurdas.» La prosa rítmica tiene aquí su propia arquitectura, su propio sentido de la cadencia, que no es el de la métrica pero tampoco es el de la prosa narrativa. Es otra cosa. Es lo que el prefacio llama apoesía cuando alcanza la profundidad filosófica, cuando «puede trascender a, en el sentido de pasar a ser, transformarse en, filosofía, sin dejar de ser apoesía.»

El libro despliega, desde esa base doble, un catálogo de territorios que raramente conviven en un mismo poemario: el amor y el desamor tratados con una transparencia que no rehúye la carnalidad ni la ternura; las composiciones nacidas en Buenos Aires, con el voseo y el lunfardo del tango entreverados en la sintaxis; las piezas surrealistas y abstractas que llevan la propuesta hasta los límites del lenguaje —y más allá—; y los poemas dedicados a sus dos esposas fallecidas, Mayte y Graziela, que constituyen la parte más vulnerable y más sosegada del conjunto. En esa segunda parte, la teoría desaparece completamente. No porque haya dejado de operar —opera—, sino porque ya no se necesita invocarla. La forma ha hecho su trabajo calladamente, y lo que queda es la emoción desnuda, aquella que solo sostiene bien el poema cuando el poeta ha aprendido primero a construirlo.

El poemario surrealista y abstracto merece mención aparte porque suele generar la resistencia más inmediata. Versos construidos con palabras que no pertenecen a ninguna lengua: «Aestrinjosa eba ustrinja eda / Bilosque ustandem larejda jada.» El lector que busque significado referencial no lo encontrará, igual que no lo encuentra ante un Kandinsky o un Rothko. El autor lo advierte desde el prefacio con una honestidad que se agradece: no hay explicación posible porque no hay significado que explicar. Hay ritmo, hay proporción, hay la arquitectura interna de una forma que se sostiene sola. Es poesía experimental en el sentido más estricto del término: una exploración de hasta dónde puede llegar el arte poética cuando se desprende de la obligación de decir algo reconocible. No todos los lectores aceptarán ese viaje. Pero que existe, existe, y que tiene sus propias leyes internas, también.

Un libro, en definitiva, que pone sobre la mesa algo que la poesía española necesita con cierta urgencia: que pensar sobre la forma no es un ejercicio académico separado de la escritura, sino su condición previa y su garantía de honradez.

Antonio Graña Ojeda

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