Home Sin categoría Caminantes, de Isabel Martín Grande. Aprender a llevar a alguien de otra...

Caminantes, de Isabel Martín Grande. Aprender a llevar a alguien de otra manera

0

Aprender a llevar a alguien de otra manera

Me ha pasado con este libro algo que no me pasa con muchos: lo abrí con la guardia alta, un poco a la defensiva, como me pongo siempre ante la poesía del dolor, que tantas veces se regodea, y lo cerré con la sensación de haber estado hablando bajito con una amiga que sabe de lo que habla. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande, es de esos libros que se sientan a tu lado y no te sueltan la mano.

La autora es psicóloga, ha trabajado años escuchando a gente rota, y una piensa que escribirá desde la distancia del que diagnostica. Pues no. Lo primero que hace es bajarse de ahí y avisar de que aquí no va a haber lecciones, porque «la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra». Qué alivio, oírselo decir justamente a quien podría haberse escudado en la teoría. Hay una humildad en eso que me ganó de entrada.

El libro cuenta un duelo, el de una persona querida que se muere, y lo cuenta entero: desde que ese alguien aparece en la vida hasta que se va y hay que aprender a vivir sin él. Está ordenado en tres partes —el encuentro, los abrazos, la despedida— y a mí esa estructura me parece de una inteligencia emocional enorme, porque no empieza por la muerte, empieza por el amor. Y claro, así duele más, pero también así tiene sentido. Una no llora a un desconocido; llora todo lo vivido. Por eso el libro se molesta en contarnos primero lo vivido.

Hay detalles que reconozco de mi propia vida y de la de cualquiera. Ese momento doméstico, casi de andar por casa, en que la voz dice «He sacado la escoba para barrer el olvido», como si el duelo se hiciera también con las tareas de siempre, fregando, ordenando, abrillantando un presente que se quedó sucio de ausencia. O ese cálculo obsesivo del tiempo, las horas contadas una a una, el año que vuelve por septiembre y aprieta. Quien haya perdido a alguien sabe que el duelo se mide así, en aniversarios que pillan desprevenida.

Me gusta que no sea un libro lacrimógeno. Hay rabia, vaya si la hay, dicha sin maquillar. Pero hay también una ternura que se cuela por todas partes y, lo que más me sorprendió, hay gratitud. En medio del desconsuelo, la autora es capaz de dar las «Gracias infinitas» por haber tenido a quien tuvo, e incluso de bendecir la ausencia. Eso solo lo escribe alguien que ha hecho de verdad el trabajo, el de querer sin ahogar, el de soltar sin abandonar.

Y luego está la cuestión de cómo seguir. Porque al final hay que seguir, con la compra, con los lunes, con la vida. La autora lo dice de una manera que me parece justísima: «Aprendo a llevarte conmigo de otra manera». No se trata de olvidar, que sería traición, ni de quedarse anclada, que sería morirse un poco. Se trata de cambiar la forma de la presencia. De llevar a quien se fue como se lleva una foto en la cartera, sin que pese y sin que estorbe, pero ahí.

Hay un poema en el que el lenguaje se vuelve juego, trabalenguas, casi una broma privada, «para reírnos de todo. Para vivirnos de nuevo», y me emocionó precisamente por eso, porque el humor en mitad del duelo no es una falta de respeto, es una forma de amor. Es esa lengua tonta que tienen las parejas y las familias, la que solo entienden dos, y que cuando uno falta se queda muda. Que la autora la meta en un libro de duelo me parece de una valentía enorme.

No sé si Caminantes consolará a quien lo lea, porque no creo que los libros consuelen, igual que la propia autora no lo cree. Pero sí sé que acompaña, que es otra cosa y a lo mejor mejor. Una lo lee y piensa: vale, a esta señora le ha pasado, lo ha contado bien, y si ella ha podido escribir hasta aquí, a lo mejor yo también puedo levantarme mañana. El libro termina con una imagen de semillas, de cosas que crecen, y se cierra con la idea de que mientras haya versos y abrazos compartidos «nadie camina solo». Yo me lo apunto. Y se lo recomiendo a cualquiera que esté, ahora mismo, caminando ese camino sin mapa.

Pienso mucho, mientras lo leo, en la gente que tengo alrededor y que ha perdido a alguien este año. En lo solos que se quedan a veces, no porque nadie los acompañe, sino porque la gente, con toda la buena voluntad del mundo, no sabe qué decirles, y acaba diciéndoles que sean fuertes, que el tiempo lo cura todo, esas cosas que no consuelan a nadie. Y pienso que un libro como este hace algo que nosotros no sabemos hacer: se queda en silencio al lado del que sufre y le dice, sin prisa, te entiendo, a mí también me pasó. No da consejos. Acompaña. Y acompañar, que parece poco, es justo lo que más falta hace y lo que menos se da.

Me gusta también que sea un libro de mujer sin ser un libro «de mujeres», con esa etiqueta que tanto encasilla. Es la mirada de alguien que cuida, que sostiene, que se hace cargo, y que ha convertido ese cuidado, que tantas veces es invisible y no se nombra, en materia de poesía. Cuando escribe que aprende a llevar al ausente «de otra manera», está diciendo algo que sabe cualquiera que haya cuidado a otro: que querer no es agarrar, que a veces querer es soltar sin dejar de querer. Hay una sabiduría ahí, muy de andar por casa y muy honda a la vez, que me parece lo mejor del libro. Y por eso lo recomiendo, no como quien recomienda una novedad, sino como quien le presta a una amiga el libro que a ella misma le ayudó.

— Ángela de Claudia Soneira

0

Tu carrito

Salir de la versión móvil