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Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez. Lo que guardamos en el cuerpo

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La otra tarde, buscando en el cajón de la mesilla un blíster de pastillas que sabía que estaba ahí, me acordé de una frase que me dijo hace años una amiga, mientras hacíamos cola en la farmacia: que una nunca termina de entender del todo qué idioma habla su propio cuerpo cuando está enfermo, y que por eso se agarra a las palabras de los médicos, que tampoco entiende, como quien se agarra a un pasamanos. Pensé en eso cuando leí Desde el Tártaro, el primer libro de poemas de Iván Martín Yáñez, que se pasa el volumen entero intentando encontrar ese idioma, el del cuerpo que no responde, y lo encuentra, además, en el sitio más inesperado: en el vocabulario de los oficios técnicos que ha tenido a lo largo de su vida, antes de sentarse a escribir poesía.

Porque este hombre ha sido de todo, y lo cuenta la solapa sin ningún pudor: guionista, científico de datos, programador, agente inmobiliario, técnico de logística, Scrum Master. Yo, que también he cambiado de oficio unas cuantas veces en la vida, sé que uno no se desprende nunca del todo del lenguaje con el que aprendió a trabajar. Se le queda pegado a la ropa, como el olor del tabaco a quien ya no fuma. Y aquí ese lenguaje —hormigón, polímero, entropía, algoritmo— se le ha quedado pegado al verso, y en vez de disimularlo, lo ha convertido en el material del libro entero.

Hay un poema que se llama «Sin servir» donde dice, sin ningún adorno: «No hay nada que le pueda agradecer, / a la maldita medicación». A mí, que he escuchado esa frase en otras bocas, con otras palabras, dichas en cocinas y en salas de espera, me tocó algo por dentro leerla ahí, en un poema, tan directa. Porque no es una queja bonita. Es una queja de verdad, de las que se dicen entre dientes, y el poeta la deja ahí, sin pulirla, antes de irse a construir todo un sistema de imágenes —resinas, vertederos, encofrados— que la explican mejor que cualquier explicación.

Hay un poema, «La metamorfosis», que es de los que una relee dos veces antes de pasar página. «Soy larva que se ignora en el sustrato», empieza, y va contando cómo la crisálida de toda la vida, la que promete mariposa, aquí termina en «insecto de asfalto». Yo esperaba, no sé por qué, algo de consuelo al final, y no lo hay, o no del tipo que uno espera. Hay, eso sí, una honestidad que se agradece, porque el poeta no promete que todo va a estar bien: promete solo que va a nombrar las cosas como son.

Antes de este libro, Martín Yáñez había publicado una novela, hace ya casi veinte años, y luego se dedicó a otras cosas, muy lejos de la literatura: fue guionista, fue científico de datos, fue programador, fue agente inmobiliario, fue Scrum Master, que es una palabra que a mí me suena a personaje de videojuego pero que él tomó muy en serio, imagino, como se toma en serio todo lo que hay que hacer para llegar a fin de mes. Cuento esto porque explica algo del libro que de otro modo pasaría desapercibido: que la precisión con la que nombra el hormigón, el vertedero, el polímero, no viene de haberlo estudiado para escribir el libro, sino de haberlo vivido durante años, en otro contexto, mucho antes de saber que iba a necesitarlo para hablar de su propio cuerpo.

El libro tiene un tramo largo, «Planeta», que ocupa el centro del volumen, y ahí confieso que a mí me costó un poco más entrar. El poeta suelta el vocabulario técnico que domina tan bien en el resto del libro y se deja llevar por una acumulación de imágenes urbanas, de deseo, de ciudad nocturna, que se estira más de lo que a mí me hubiera gustado. Pero entiendo por qué está ahí: cada libro necesita un sitio donde el autor se permita perder un poco el control, y este es el suyo.

Lo que sí me ha llegado del todo, y esto sí lo digo sin reservas, es «Unidos podíamos», el único poema del libro que se atreve a ser tierno sin avergonzarse. «Deseé parar el tiempo / y al veneno que nos hizo sordos», escribe, y después de tantas páginas de hormigón y de vertedero, ese verso llega como quien abre una ventana en una habitación cerrada mucho tiempo. Una se sorprende queriendo más poemas así, aunque entienda que el libro no está hecho para complacer a la lectora, sino para decir lo que tiene que decir.

Me acuerdo también de «Territorio baldío», que abre la última parte del libro, la del regreso, con esa imagen tan simple y tan certera: «Miro por la ventana: / nada queda. / Nada. / Ni siquiera yo». Y sin embargo el libro no termina ahí. Termina con «Riendo», un poema breve que se cierra con esa palabra repetida, «(riendo)», como quien decide, después de tanto descenso, que la última palabra no va a ser la de la derrota.

Hay también, en la tercera parte del libro, un poema que se llama «Desavenencias existenciales de un noctívago», sobre alguien que camina de noche por calles desiertas, y que a mí me recordó esas noches en que una sale a andar sin rumbo porque en casa no hay manera de estar quieta. «Destripaba argumentos adulterados de películas invisibles», escribe, y esa imagen tan rara, tan suya, se me quedó pegada varios días, sin que supiera muy bien por qué.

No sé si a todo el mundo le va a gustar este libro. Hay pasajes que exigen paciencia —«Instante múltiplo», con esa cifra repetida, «38:», que vuelve una y otra vez, es de los que no se entregan fácilmente—. Pero hay algo en la honestidad de estos poemas, en esa manera de nombrar la enfermedad sin pedir compasión, que a mí me ha hecho pensar en toda la gente que conozco que ha convivido con el dolor durante años y ha tenido que aprender, como este poeta, un idioma nuevo para contarlo.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Y después, si pueden, que se acuerden de esa larva que se ignora en el sustrato, y de que a veces salir del capullo no es hacerse mariposa, sino aprender a caminar con las alas que a una le han tocado.

— Ángela de Claudia Soneira

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