Home Reseñas Existencial, de Ángel Jesús Martín González. La geografía íntima del naufragio

Existencial, de Ángel Jesús Martín González. La geografía íntima del naufragio

0

La geografía íntima del naufragio

¿Qué es lo que hace que un libro de poesía nos importe de verdad? No la técnica, desde luego, aunque ayude. Tampoco la originalidad temática, pues todo en poesía ha sido dicho ya de una u otra forma. Lo que importa, lo único que cuenta al final, es que quien escribe lo haga desde una necesidad auténtica, desde ese lugar oscuro donde las palabras no son un juego retórico sino una forma de respirar cuando el aire escasea. Existencial, de Ángel Jesús Martín González, pertenece a esa categoría rara de libros que no buscan la admiración del lector sino su complicidad, su reconocimiento mudo, su asentimiento silencioso ante el dolor compartido. Es un libro escrito desde la urgencia, y esa urgencia se palpa en cada verso, en cada imagen, en cada pausa.

Hay libros que uno lee y libros que uno habita. Este segundo tipo es menos frecuente, más exigente, porque te pide que renuncies a la distancia crítica y te adentres en un territorio donde las fronteras entre el autor y el lector se difuminan hasta desaparecer. Existencial es uno de esos libros. Desde la dedicatoria inicial —«A mis tres hijos Ángel, Laura y Lola / y a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido»— el autor establece un pacto tácito con quien lo lee: esto no es literatura como espectáculo, esto es literatura como testimonio, como gesto de solidaridad con otros náufragos, como mapa trazado con mano temblorosa de un territorio que muchos conocemos pero que pocos se atreven a cartografiar con esta desnudez.

Martín González escribe sobre el silencio como quien escribe sobre una patria perdida. «Silencios que en calma espero / Tan sólo, sonidos del aire suave y del mar quiero», leemos en el poema inaugural, y ya sabemos que estamos ante alguien que ha descubierto —probablemente a costa de mucho sufrimiento— que el ruido del mundo no sólo es innecesario sino insoportable cuando uno lleva dentro un dolor que no cesa. El silencio aquí no es ausencia sino presencia, no es vacío sino plenitud, no es huida sino refugio. Es el espacio donde el alma herida puede por fin descansar sin que nadie le exija explicaciones ni le pida que simule estar bien.

Lo que más me interesa de estos poemas es su capacidad para construir una ética de la fragilidad. Martín González no pretende heroizarse ni victimizarse; simplemente expone su vulnerabilidad con una honestidad que desarma. «A menudo pienso que éste no es mi mundo», escribe en el poema que da título al volumen, y esa confesión tiene la fuerza de lo evidente, de lo innegable. No es una pose romántica ni una declaración de inadaptación estética; es la constatación simple y devastadora de alguien que no encaja, que no entiende las reglas del juego, que necesita otra velocidad, otro ritmo, otro lenguaje. Y en lugar de forzarse a encajar, elige retirarse a los márgenes, buscar la compañía de lo no-humano —perros, gorriones, peces, gaviotas—, refugiarse en los elementos naturales que no juzgan ni exigen.

Hay en este libro una presencia constante de animales que funcionan como interlocutores privilegiados, como mediadores entre el autor y un mundo que se ha vuelto incomprensible. El perro que le guía «en la noche siempre oscura de mi vida», los gorriones de capuchón gris que se acercan a comer de su mano, los peces de la alberca azul que le miran con sus «miradas» compasivas, la gaviota que le enseña a volar. No son símbolos ni metáforas; son presencias reales, compañeros de viaje, testigos silenciosos de un dolor que no puede compartirse con humanos porque los humanos —nos dice el autor— interrumpen, alzan la voz, no entienden. Esta geografía afectiva poblada de criaturas no-humanas es uno de los hallazgos más conmovedores del libro, porque nos recuerda que a veces la salvación no viene de donde esperamos sino de las pequeñas presencias cotidianas que hemos aprendido a ignorar.

¿Qué es lo que duele exactamente en estos poemas? El autor no lo dice de forma explícita —y ahí reside buena parte de su poder—, pero uno intuye pérdidas, ausencias, quizá enfermedades físicas o mentales, seguramente muertes cercanas. «Mi corazón ya no late, vive sólo relegado al olvido», leemos en «Corazón sin latido», y esa imagen del corazón que sigue funcionando biológicamente pero que ha dejado de latir emocionalmente es de una precisión brutal. O este verso desgarrador de «Me arrepiento»: «lágrimas que se quedaron pegadas en las retinas / para al final perecer congeladas en ellas». Es la descripción perfecta de ese llanto que no llega, que se niega, que se queda atascado en algún lugar del cuerpo y pesa más que todas las lágrimas derramadas.

Martín González escribe también sobre la locura, o sobre esa zona fronteriza donde la cordura se vuelve indistinguible de su contrario. «Visité un día los caminos del infierno / Allí, entre grandes montañas el silencio se quedó / de por vida», comienza «Locura o cordura», y lo que sigue es una descripción aterradora de un internamiento psiquiátrico, de esos lugares donde «muertos vivos» te miran «entre esos muros», donde «inquietantes palabras sin sentido / me susurraban al pasar». Y la pregunta que cierra el poema —«¿Sería yo el muerto entre los vivos?»— tiene un peso filosófico que trasciende la anécdota personal, porque nos enfrenta al dilema de quién está realmente cuerdo en un mundo enfermo, quién está realmente vivo en una sociedad que nos mata a todos un poco cada día.

Pero sería un error leer Existencial únicamente como un inventario del sufrimiento. Hay aquí también una búsqueda, tenue pero persistente, de razones para seguir. «Hay razones para vivir, fuertes razones para seguir / y seguro que la luz saldrá algún día para mí y también para ti», nos dice en uno de los poemas más afirmativos del libro. Esas razones son pequeñas, cotidianas, casi ridículas si se las mira desde fuera: el sol de la mañana, el canto de los pájaros, una niña dormida en los brazos, el reflejo de las nubes en el agua quieta. No son certezas metafísicas ni revelaciones trascendentales; son anclajes mínimos, gestos de resistencia frente al abismo, formas elementales de seguir adelante cuando todo lo demás se ha roto.

Me interesa especialmente el poema «Velas al anochecer», dedicado a las madres ucranianas que sufren la guerra. Aquí Martín González sale de su círculo íntimo de dolor para mirar el sufrimiento ajeno, y lo hace con una delicadeza extraordinaria. La mujer que cada noche enciende una vela de un color distinto mientras espera noticias del frente, que les cuenta cuentos a sus hijos «para que el miedo no los devore», que resiste con «velas de colores que confían en el destino». Es un poema sobre la resistencia cotidiana, sobre cómo se sigue viviendo cuando todo parece perdido, sobre la dignidad silenciosa de quienes no tienen más armas que la esperanza y la ternura.

El lenguaje de Martín González es deliberadamente sencillo, casi coloquial. No busca el efectismo ni la pirotecnia verbal; busca la transparencia, la comunicación directa, el verso que llega sin mediaciones retóricas. Esto, desde luego, tiene un precio: hay irregularidades métricas, encabalgamientos poco felices, imágenes que podrían estar mejor resueltas. Pero todo eso es secundario porque lo que importa aquí no es la perfección formal sino la autenticidad emocional, la capacidad de decir lo que duele sin adornos ni disfraces. Es una poesía anti-esteticista, anti-académica, escrita desde las tripas y no desde la cabeza, y precisamente por eso tiene la fuerza que tiene.

Hay un verso en «Un día yo volaré» que resume bien el espíritu de todo el libro: «Cuando llegue ese día, dejaré bien labrado mi amor / en vuestros tiernos corazones». Es una imagen hermosa y dolorosa a la vez, porque habla de la muerte como algo inevitable pero también como algo que puede prepararse, para el que uno puede dejar un legado de ternura que sobreviva a la ausencia. Y el último poema, dedicado a la madre Mercedes, «toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños», cierra el círculo con una imagen de serenidad póstuma que no niega el dolor de la pérdida pero que lo reconcilia con algo parecido a la paz.

Existencial es, al final, un libro sobre cómo se habita el dolor sin dejarse destruir por él. Sobre cómo se buscan pequeñas luces en medio de la oscuridad. Sobre cómo se sigue caminando, despacio, sin prisas, porque el corazón herido no soporta otro ritmo. Sobre cómo se aprende a escuchar el silencio, a agradecer la compañía de los animales, a mirar las estrellas como si fueran interlocutoras. No es un libro perfecto ni pretende serlo. Pero es un libro necesario, honesto, valiente en su desnudez. Y en estos tiempos de impostura generalizada, eso vale más que cualquier virtuosismo técnico.

0

Tu carrito

Salir de la versión móvil