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Marte retrógrado, Venus ausente de Almu Gambi. El amor como campo de batalla en la poesía de Almu Gambi

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El amor como campo de batalla en la poesía de Almu Gambi

La poesía contemporánea española se enfrenta a un dilema que trasciende lo meramente estético: cómo nombrar el desamor en tiempos de inmediatez digital, cómo dar cuenta de las heridas que deja el amor líquido sin caer en el panfleto generacional ni en la autocompasión facilona. Marte retrógrado, Venus ausente de Almu Gambi representa una respuesta valiente a esta encrucijada, un poemario que convierte la experiencia personal en testimonio colectivo de una generación que ha heredado formas de amar tan precarias como los contratos de trabajo que firman. Hay en estos poemas una lucidez dolorosa, una conciencia de que lo que se narra no es solo una historia de amor fallida sino el síntoma de una época donde los vínculos humanos se han mercantilizado hasta convertirse en productos de usar y tirar.

El título funciona como declaración de intenciones y como metáfora central del libro. Marte retrógrado es el dios de la guerra que ha perdido su fuerza, que se derrite cansado de tanta batalla, que ya no sabe hacer otra cosa que destruir aunque eso lo destruya a él mismo. Venus ausente es el vacío, la falta, la diosa del amor que no aparece o que cuando aparece camina desolada entre los escombros de un territorio que fue Tierra Santa y ahora solo es campo yermo. Esta tensión entre la violencia del deseo y la ausencia del amor verdadero atraviesa todo el poemario como un hilo conductor que va desde la intensidad inicial hasta la devastación final.

Gambi pertenece a esa generación que ha crecido con el móvil en la mano y el corazón a medio proteger, la que sabe que estar enamorada significa estar a un mensaje de WhatsApp de no volver a verse, a una notificación inexistente de engancharse el uno del otro. Y lo cuenta sin aspavientos, con una naturalidad que desarma porque reconocemos en sus versos nuestras propias experiencias o las de quienes nos rodean. «Somos hijos del amor líquido / de ese que se escapa de las manos / del que dice ya te llamaré / y sabes que en muy poco se olvida», escribe en el poema II, y esa frase resume toda una poética del desencanto, toda una forma de relacionarse donde la promesa ha perdido su valor y la palabra se ha vaciado de compromiso.

La estructura del libro responde a una lógica narrativa que va del encuentro al desencuentro, de la ilusión inicial a la constatación del fracaso. Los primeros poemas hablan del deseo, de los cuerpos que se buscan, de esa zona fronteriza donde todavía parece posible que algo nazca entre dos personas. Pero pronto aparece la duda, el silencio, la sensación de que el otro es un territorio inexplorado que no se deja conocer del todo. Y finalmente llega la devastación, el inventario de lo perdido, la pregunta terrible sobre si quedará algo vivo en esta tierra arrasada por la guerra.

El lenguaje de Gambi se mueve entre registros diversos con una habilidad notable. Puede ser coloquial sin perder altura poética, puede recurrir a la tradición clásica sin que suene impostado, puede nombrar la realidad más prosaica —WhatsApp, Aliexpress, Instagram— y convertirla en materia poética. Hay sonetos actualizados donde Ícaro convive con Tinder, hay referencias a Dafne y Apolo que dialogan con los mensajes escritos con la tinta del alcohol, hay una Venus que camina entre las armas buscando flores blancas que todavía no han brotado. Esta capacidad para hacer convivir lo antiguo y lo contemporáneo sin que chirríe la mezcla es uno de los mayores aciertos del libro.

Pero lo que distingue a Marte retrógrado, Venus ausente de otros poemarios sobre el desamor es su capacidad para trascender lo anecdótico y convertirse en crítica social. Gambi ha entendido que el amor en el siglo XXI no es solo una cuestión sentimental sino política, que las formas de amar están condicionadas por las estructuras económicas y sociales de nuestro tiempo. Por eso aparecen poemas como «Reclamación» o «Aliexpress», donde el amor se compra y se devuelve como cualquier producto, donde las relaciones tienen fecha de caducidad y no hay servicio de atención al cliente para el corazón roto. Esta crítica del capitalismo afectivo no es panfletaria ni esquemática, surge naturalmente de la experiencia vivida y por eso resulta convincente.

La memoria también ocupa un lugar central en el poemario. Gambi sabe que después del amor solo queda el recuerdo, a veces idealizado, a veces doloroso, siempre insuficiente. «Recuerdo, mirando por la ventana / lo que se había perdido / en cuanto cogía todas mis cosas / y me marchaba sin ruido», escribe en el poema V, y en esos cuatro versos está condensada toda la melancolía de lo que pudo ser y no fue. El tiempo es el gran enemigo en este libro, el que convierte la intensidad del presente en nostalgia del futuro, el que desgasta los cuerpos y las palabras hasta convertirlos en fantasmas de sí mismos.

El poema final, el XLVII, funciona como cierre perfecto del libro y como síntesis de todo lo que se ha dicho antes. Es un soneto que habla del final de la guerra, del tratado de paz que no trae paz sino constatación del desastre. «Parece que se acabó nuestra guerra / y tras firmar el tratado de paz, / queda en el aire el aroma a napalm / y en el suelo un rastro de sangre seca». El lenguaje bélico que ha atravesado todo el poemario se condensa aquí en imágenes de una potencia desoladora: campos yermos, cal para enterrar cadáveres, ayuda humanitaria que no llega, territorio asediado. Pero el poema termina con una imagen que abre una rendija de esperanza: Venus encuentra flores blancas brotando entre las armas. No es redención fácil ni final feliz, es simplemente la constatación de que la vida insiste incluso en el desastre, de que algo puede crecer todavía en la tierra calcinada.

Marte retrógrado, Venus ausente es un libro necesario porque da voz a una experiencia común pero pocas veces nombrada con esta precisión. Almu Gambi ha escrito un testimonio generacional que es también una reflexión sobre las formas del amor en el capitalismo tardío, sobre la precariedad afectiva que es espejo de la precariedad laboral, sobre la dificultad de construir vínculos duraderos en un mundo que nos ha enseñado que todo es desechable. Lo ha hecho con honestidad, sin poses ni artificios, con un lenguaje que sabe ser directo sin renunciar a la complejidad. Y ha demostrado que la poesía sigue siendo el lugar donde podemos nombrar lo que duele, donde la palabra recupera su capacidad de dar forma al dolor y quizá, solo quizá, de transformarlo en otra cosa.

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