La mujer del sanatorio de Esteban Urrea Lázaro: Lo que la sierra guarda cuando los hombres se olvidan
Hay paisajes que son, en sí mismos, una forma de memoria. No la memoria que se elige, la que se archiva y se consulta, sino la otra: la que se deposita en estratos, como la cal sobre la piedra, como el silencio sobre el silencio. Sierra Espuña es, para quien ha crecido mirándola desde la llanura del Guadalentín, uno de esos lugares donde el tiempo no pasa sino que se acumula. El pino carrasco sobre la roca calcárea. El frío de enero que huele a resina y a algo anterior a los nombres. Y, en el flanco norte, entre la nieve, el edificio.
Esteban Urrea Lázaro conoce esa sierra con la intimidad de quien ha crecido en su sombra, y La mujer del sanatorio es, entre otras cosas, una novela que sabe que el paisaje manda. El Sanatorio de tuberculosos no es en estas páginas un decorado ni un símbolo de cartón: es un lugar geológico, acumulativo, que conserva en su propia materia lo que los documentos borraron. «Las paredes conservan la memoria de los que tosieron sangre contra ellas», escribe el autor, y la frase funciona porque en ella hay una verdad que cualquier habitante del sureste reconoce: en esta tierra, lo que la institución silencia, lo retiene el suelo.
La novela se articula en dos tiempos separados por más de medio siglo. En el primero, enero de 1962, el doctor Felipe Campillo Martínez cierra una historia con la misma eficacia fría con que se cierra una ventana: una bata manchada, un puñetazo sobre el escritorio, una orden de que los muertos de ese día consten como «anónimos». En el segundo, enero de 2017, un arqueólogo vasco —Aitor Goicoechea— llega con sus permisos y su agenda a Alhama de Murcia para redactar el informe que podría incluir el sanatorio en la Lista Roja del Patrimonio en peligro. Lo que el libro pregunta, sin formularlo del todo, es si el tiempo que media entre ambos momentos ha sido suficiente para que lo enterrado pueda salir a la luz. La respuesta no es sencilla. Nunca lo es cuando la tierra es de esta dureza.
Urrea maneja con cuidado el contrapunto entre la sierra nevada de 1962 y la Alhama contemporánea, con sus tapas, su castillo almohade iluminado por focos nocturnos y su burocracia municipal de horas perdidas. Hay en esa alternancia un conocimiento preciso del ritmo con que las ciudades pequeñas absorben el tiempo: lo que fue monumento deviene ruina, lo que fue tragedia deviene leyenda urbana, y la leyenda —la mujer de blanco que los jóvenes del albergue veían en el ala oeste— es la única forma que encontró la memoria para no extinguirse del todo. La leyenda es, en este sentido, la geología del dolor colectivo: lo que no pudo ser dicho en su momento cristalizó en otra forma y esperó.
Hay en la escritura de Urrea una fidelidad al detalle arquitectónico y topográfico que trasciende el pintoresquismo regional. La descripción del edificio —»Tres alas de dos plantas cada una, un sótano donde aún resuenan los ecos de las autopsias, la casa del conserje con las ventanas ciegas»— no busca el efecto atmosférico sino la exactitud documental de quien sabe que describir un edificio es también describir la sociedad que lo concibió, lo habitó y eligió olvidarlo. En ese gesto hay una conciencia del territorio como texto, y del texto como territorio que puede ser excavado.
Lo que el libro no dice con la voz, lo dice con el espacio. Sierra Espuña no habla en estas páginas, pero está en todas: como fondo de nieve en 1962, como parque natural gestionado y vallado en 2017, como ese horizonte que permanece mientras las instituciones cambian de nombre y los cadáveres sin nombre esperan que alguien encuentre, por fin, los documentos que los devuelvan al mundo de los vivos.
Urrea ha escrito una primera novela que sabe, con la intuición de quien conoce bien un lugar, que la memoria más duradera no es la que se guarda en los archivos sino la que se asienta en la piedra.
Ana María Olivares
