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Las huellas de la Sierpe, de María Ángeles Solís del Río. Lo que guardan las piedras empedradas

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Lo que guardan las piedras empedradas

La otra tarde estaba ordenando libros y encontré en el fondo de una caja una guía de ciudades de Andalucía que compré hace años en un mercadillo. La guía tenía unas fotos de Jaén que yo no había visto nunca, de esas fotos en blanco y negro con la catedral al fondo y los olivos bajando por la ladera como si llevaran allí desde el principio del tiempo, que es exactamente la impresión que dan los olivos cuando los miras mucho rato. Me quedé un momento con la guía en la mano pensando que Jaén es una de esas ciudades que una tiene archivada en algún cajón mental con la intención de visitarla algún día que siempre se aplaza.

Lo que no esperaba era que esa misma tarde me llegara a la mesita de noche un poemario que lleva a Jaén en el título de cada poema y que me hiciera sentir que ya había estado allí, o que en realidad había estado allí siempre sin saberlo.

Las huellas de la Sierpe, de María Ángeles Solís del Río, es uno de esos libros que le hacen a una una jugada rara: empiezas leyéndolo como si visitaras un sitio desconocido y terminas reconociendo en sus plazas y sus callejones algo que tiene que ver contigo misma. No sé si eso es lo que la autora pretendía, pero es lo que me ha pasado, y creo que los libros que consiguen eso —los que convierten un lugar ajeno en espejo— son los que merecen que uno se detenga en ellos.

El libro recorre los monumentos de Jaén: la Plaza de la Magdalena, los Baños Árabes, el Arco San Lorenzo, la Torre del Concejo, la Catedral. Pero no los recorre como los recorre un catálogo. Los recorre como los recorre alguien que los ha pisado de noche y de día, que los ha visto llover y que sabe lo que guardan. «Callados callejones, alma triste», escribe en el poema de la Plaza de la Magdalena, y esa alma triste no es la del lugar: es la del que pasa por él cargando con algo que no nombra del todo.

Hay en el centro del libro una leyenda que yo no conocía —o que había olvidado— que es la del lagarto de la Magdalena: una sierpe que vivía en el raudal del barrio y que comía rebaños y paralizaba a la gente de miedo hasta que un preso aceptó matarla a cambio de la libertad. Solís del Río narra la historia en un poema que se llama «Leyenda» y que tiene el ritmo del romancero antiguo, ese ritmo que uno lleva en algún sitio del cuerpo porque te lo han contado desde pequeño aunque no recuerdes cuándo. El preso, el caballo, los corderos con yesca dentro, la explosión. «Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo.» Es un verso que no se olvida fácilmente.

Pero el poema que más me ha gustado es el que se llama «Magdalena», que no habla del barrio sino de una mujer. O habla de las dos cosas al mismo tiempo, que es la gracia. «Mujer, sálvate y vuela, / que solo por ello, / pudo cambiar el mundo.» Esa mujer a la que amó un dios y a la que apedrearon los infieles, que tiene las alas manchadas y el vuelo taciturno. La sierpe le da un paso atrás sin dañar su fruto. Cuando lo leí pensé en todas las veces que una guarda eso como puede —el fruto, lo que merece ser salvado— y en cómo la bestia a veces, no siempre, retrocede.

Y luego está el olivo. Hay un poema al olivo que cierra con un estribillo que me he encontrado tarareando (si los versos se tararearan) sin querer: «Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer.» No es una metáfora ornamental. Es alguien que dice que la tierra y ella son lo mismo, que la tierra es su cuerpo, que cuando la tierra grita ella sangra. Eso es difícil de decir sin que suene a exceso, y Solís del Río lo dice con cuatro versos y queda.

El libro cierra con la catedral de Jaén y con dos almas que se encuentran en la plaza vacía de madrugada. El alma negra niega la belleza durante toda la noche. Cuando muere, por fin la ve. La sierpe aparece una última vez, y el alma blanca sabe un secreto que el lector no sabrá nunca del todo: quién pintó las puertas de la catedral de verde. Me he quedado con esa pregunta y no me molesta no tener respuesta. Hay libros que dejan preguntas que no necesitan respuesta para ser interesantes, y este es uno de ellos.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro, especialmente si tienen Jaén en algún cajón mental con intención de visitarla algún día. No les va a decir cómo es la ciudad. Les va a decir lo que la ciudad siente, que es mucho más útil.

— Ángela de Claudia Soneira