La otra tarde, fregando los platos a una hora en que ya no debería quedar nadie despierto, me acordé de una cosa que decía mi madre cuando yo era niña y alguien del barrio miraba para otro lado ante una injusticia pequeña, de esas que no salen en ningún sitio. Decía: «el que calla, también empuja.» No le di importancia entonces. Una guarda esas frases sin saber que las guarda, y vuelven años después, cuando menos te conviene. Volvió leyendo Instrumento, la primera novela de Paz Clavel, y ya no me ha dejado en paz.
El libro va, en apariencia, de un hombre que mata. Matías se llama, vive solo, baja siempre por las escaleras para no cruzarse con nadie, viaja con una maleta de la que más vale no preguntar. Pertenece a una especie de organización que se encarga de los que la justicia no alcanza. Dicho así suena a thriller de los de aeropuerto, y a una, que ha leído unos cuantos, le da pereza. Pero no es eso. O no es solo eso. Es una novela sobre lo que decidimos no mirar, que es una cosa mucho más cercana, mucho más de andar por casa, de lo que parece.
Porque el verdugo de esta historia fue, antes, un niño al que encerraban en el cuarto de la limpieza del colegio mientras los demás contaban a ver cuánto tardaba en llorar. Y los adultos —los profesores, la madre que prometía «aguanta un poco más», el barrio entero— fingían no ver. Hay una frase en el libro que me obligó a dejarlo un momento sobre el regazo: «la violencia directa deja heridas visibles; la omisión no.» Pensé en cuántas veces, a la salida de un colegio cualquiera, todos hemos apartado la vista de un niño al que estaban haciendo pequeño. A una le pasa que se reconoce donde no querría.
Clavel escribe con una frialdad que, lejos de distanciarme, me ha encogido el estómago. No adorna la muerte; la cuenta como quien recoge una cocina después de una cena. Y en esa contención, créanme, hay más emoción que en cien páginas de lágrimas. Hay también un objeto que me va a costar olvidar: un llavero con forma de conejo azul, aplastado en la infancia, que reaparece al final guardado en un bolsillo, deformado pero entero, como esas cosas que conservamos sin saber muy bien por qué. Yo tengo un cajón lleno de conejos azules. Todos los tenemos.
No quiero engañarles: no es una lectura amable. Hay noches en que no apetece. Pero está escrita con una inteligencia que se nota despacio, en la manera de ir colocando las piezas para que seamos nosotros, y no la autora, quienes montemos el horror. La novela no nos da el gusto de un final que lo arregle todo. Y yo, que de joven habría protestado, ahora lo agradezco: la vida tampoco nos lo da, y mira que se lo pedimos.
Hay un personaje, Emilia, una mujer corriente metida sin querer en todo esto, que al final dice una frase que me llevo puesta: «no sé vivir fingiendo que no vi lo que vi.» Me parece que de eso, al fin y al cabo, trata el libro. De lo difícil que es seguir mirando cuando sería tan cómodo cerrar los ojos, y de lo poco heroico y lo muy valiente que resulta, a veces, simplemente no apartar la vista.
Lo cerré sin querer terminar todavía, que es la mejor cosa que puedo decir de una novela. Y me quedé un rato en la cocina, con la luz pequeña encendida, pensando en mi madre y en su frase. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Eso sí: déjenlo a mano para los días en que tengan el cuerpo fuerte. Los otros días, mejor un caldo.
— Ángela de Claudia Soneira











