La hora en que la casa empieza a sonar distinta
Hay una hora de la noche que a mí siempre me ha dado un poco de miedo, y no es la de medianoche ni nada que se le parezca. Es más tarde, más callada: esa hora entre las tres y las cuatro en que el mundo exterior parece haberse apagado por completo y lo único que existe es el piso, sus ruidos menores, y el propio pensamiento girando sobre sí mismo. Mi abuela decía que a esa hora canta el gallo. Yo creo que a esa hora pasan cosas que de día no pasarían o que de día no notaríamos. Una aprende a distinguir entre las horas en que la realidad es sólida y las horas en que empieza a temblar un poco.
Viene esto a cuento porque *Lo que veo mientras duermo*, la primera novela de Roberto Pepió Martínez (Ediciones Amaniel, 2026), empieza exactamente en ese territorio. El protagonista, Álex Marrero, sufre parálisis del sueño. A las tres y dos de la madrugada —Pepió da la hora exacta y uno agradece esa precisión: es el tipo de detalle que diferencia a quien ha pensado en serio en lo que escribe de quien simplemente lo imagina— Álex vive en el espacio liminal entre el sueño y la vigilia algo que puede ser un crimen. Y desde ese momento ya no puede saber, con la certeza suficiente para convencer a nadie, si lo que vio ocurrió.
El libro me lo recomendó una amiga que trabaja en una editorial pequeña y que casi siempre acierta con lo que me pasa. «Es un thriller», me dijo, «pero no es solo un thriller». Tenía razón, como suele. Una empieza el libro esperando una cosa y termina leyendo otra: termina leyendo sobre el coste de saber algo sin poder probarlo. Sobre lo que hacemos con el conocimiento que no tiene testigos. Sobre si el sistema —la policía, las instituciones, las jerarquías— puede estar organizando un silencio sin que nadie lo haya ordenado explícitamente. Esas preguntas no están en el índice ni en la contraportada. Están en el interior del libro, esperando.
Lo que más me ha gustado es la prosa. Pepió escribe contenido pero no seco. Hay una frase al principio de cada episodio de parálisis que me hizo detenerme la primera vez que la leí y que he vuelto a leer después: *«La noche no llega de golpe. Se instala. El ruido baja y la casa empieza a sonar distinta. El aire pesa.»* Cuatro frases cortitas. Pero cuánta atmósfera. La noche que se instala, en lugar de llegar —ese verbo, instalar, que le da a la oscuridad una especie de intencionalidad propia— es de esas imágenes que se guardan sin querer. Yo las guardo como guardaba de pequeña las frases de mis libros preferidos: sin anotarlas, simplemente porque se quedan.
Los personajes secundarios son buenos, que no siempre es lo más fácil de conseguir. Beatriz, la estudiante de medicina que muere al principio del libro, está trazada con una economía que hace que su ausencia pese desde el principio. No es un decorado para que el protagonista sufra: es alguien que estudiaba medicina, que tenía apuntes abiertos a las nueve y media de la noche, que existía antes de que la novela empezara. El inspector Casals tiene una textura humana que se agradece. Y Rolán, el inspector mayor con esa *«quietud absoluta»* que el libro describe con tanta precisión, es uno de esos personajes que uno no sabe del todo cómo leer hasta el final, y quizá tampoco después.
A mí me gusta cuando los thrillers no hacen trampa. No me refiero a que no guarden información —eso es parte del juego y está bien— sino a que no traicionen la lógica interna de su mundo para llegar a un final sorprendente que no han ganado. Pepió no hace trampa. La ambigüedad de la novela es honesta: el libro no sabe más de lo que sabe Álex, y eso es exactamente lo que hace que la última página sea inquietante en lugar de tranquilizadora. Una cierra el libro sin la satisfacción del enigma resuelto. Se queda con la incomodidad de la pregunta, que es lo que se queda también cuando pasan estas cosas en la vida real.
Hay en la novela una pregunta que Álex se hace a las tres y dos de la madrugada: *«¿Y si no estoy soñando? ¿Y si lo que veo está pasando de verdad?»* La pregunta no es retórica. Es de verdad. Y Pepió tiene la inteligencia de no responderla. No porque no sepa la respuesta: porque la honestidad narrativa del libro exige que el lector no la reciba gratis. Es la misma honestidad que hace que los mejores libros no consoliden sino que remuevan.
Tiene alguna costura, como la mayoría de las primeras novelas. Hay momentos donde el ritmo se comprime para meter información sobre el mundo policial y eso se nota algo. Son momentos contados y no duran mucho. No son suficientes para estropear lo que el libro hace bien, que es bastante. Una primera novela que llega a este nivel de control —del tono, de la ambigüedad, de la temperatura emocional— es una promesa de algo que vale la pena seguir.
Merece la pena leer a Roberto Pepió Martínez. Y merece la pena no esperar demasiado para hacerlo. Hay libros que se van poniendo más difíciles de encontrar con el tiempo y este tiene todo el aspecto de ser uno de esos que se hablan de unos lectores a otros antes de que nadie externo se dé cuenta de que estaban ahí. Cuando lo encuentren, dejen libre esa hora que los libros buenos se merecen.
— Ángela de Claudia Soneira
