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Restauración de la Belleza de José Carlos Turrado de la Fuente: La poesía como acto de resistencia ante un mundo que ha olvidado la belleza

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La poesía como acto de resistencia ante un mundo que ha olvidado la belleza

Hay algo que me llama poderosamente la atención cuando me acerco a un libro como este: la obstinación. No la obstinación como defecto, sino como virtud que sostiene una voz poética durante décadas de trabajo silencioso, sin los focos que el mercado editorial contemporáneo concede a quienes saben moverse mejor entre algoritmos que entre versos. José Carlos Turrado de la Fuente, poeta leonés afincado en tierras castellanas, Premio Internacional de Poesía Álvaro de Tarfe, profesor de Lengua y Literatura en Laguna de Duero, publica en Ediciones Rilke este Restauración de la Belleza que es, al mismo tiempo, un canto y una denuncia, una profesión de fe estética y un diagnóstico cultural de cierta amargura lúcida.

El libro arranca con un poema sin número que funciona como declaración programática: «El arte es bello, bueno y sempiterno». No es un verso que pida indulgencia. Es una afirmación que se planta en medio del debate cultural contemporáneo con la misma serenidad con que se planta una encina. Turrado invoca a Shakespeare, a Lope, a Homero, a Dante, a Rembrandt, no como ornamento erudito, sino como testigos de una tradición que sostiene su poética. Frente a ellos, la fealdad institucionalizada, el arte vacío que habita los museos como un inquilino que no paga. En este diagnóstico, el poeta no se permite la ironía fácil ni el cinismo contemporáneo: su indignación es la de quien ama lo que ve degradarse, y eso, en la escritura, siempre marca la diferencia entre el panfleto y la literatura.

La memoria y el tiempo son los ejes sobre los que pivota buena parte de esta obra. Turrado recorre la geografía española —Extremadura, Castilla, Galicia, Andalucía— con los ojos abiertos de quien sabe que los lugares tienen alma y que esa alma se escribe o se pierde. En Guadalupe, llama al aldabón de Antonia, que siempre le abría, y esta vez el silencio le devuelve la noticia de la muerte. «¡Qué horrible y silencioso hoy el cenar!», escribe, y en ese verso hay más humanidad condensada que en muchos poemarios que llegan a las mesas de novedades con toda la maquinaria del marketing intacta. En Miranda del Castañar, una niña veraneante le observa «bies de cristal» como si fuera un ser de otro tiempo. Tal vez lo sea. Tal vez eso sea también su fortaleza.

La memoria amorosa atraviesa el libro con una constancia que no se rinde a la facilidad sentimental. El amor en estos versos no es decorativo ni consolador: es una condena asumida con dignidad, una herida que el poeta no pretende cerrar sino habitar. «Amar es mi condena y mi alegría», escribe, y esa paradoja —lejos de cualquier afectación— tiene la densidad de lo vivido. La figura de la amada ausente, innominada, se convierte en metáfora más amplia de todo lo que se pierde cuando el tiempo y la indiferencia hacen su trabajo. El lenguaje de Turrado en estos poemas es preciso, sin concesiones al sentimentalismo fácil: la emoción no se declara, se construye verso a verso, con la paciencia del artesano que sabe que la prisa es el enemigo de la forma.

El libro cierra con un epílogo que es, en su brevedad, uno de los textos más contundentes del conjunto. La Poesía se despide. Se va porque «creímos que podríamos / humillarla sin más, / mandar, porque era nuestra, / por siglos, tonta esposa servicial». Y la última palabra que deja antes de marcharse es «monos». No hay en este cierre amargura gratuita, sino la lucidez de quien ha comprendido algo importante sobre el tiempo en que vivimos: que ciertas pérdidas son el resultado de negligencias colectivas, de una cultura que ha preferido la velocidad a la profundidad, la inmediatez al poso. Frente a eso, Turrado opone el único gesto que le es posible: seguir escribiendo con la métrica en su sitio y la rima sin trampas, como quien afina un instrumento que nadie escucha, sabiendo que el instrumento tiene razón.

Este es un libro para lectores que no han renunciado a exigirle a la poesía lo que la poesía puede dar cuando se la trabaja con rigor y con entrega. Que no son pocos, aunque el mercado se empeñe en convencernos de lo contrario.

Antonio Graña Ojeda