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El mosaico del duende, de Igor Wilk. Lo que cabe en una miga de pan

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La otra tarde, buscando un libro en una balda alta, se me cayó encima una cajita de fotos viejas que llevaba años sin abrir, y entre las fotos había una servilleta de un restaurante de Múnich donde viví, brevísimamente, hace más de veinte años. No sé por qué guardé esa servilleta. Una guarda cosas sin saber por qué las guarda, y luego un día se le caen encima y le explican, sin que las pidiera, algo de quién es. Pensé en eso leyendo «El mosaico del duende», el primer libro de Igor Wilk, porque es, entre otras cosas, un libro sobre lo que guardamos sin querer.

Wilk es matemático, ha vivido en media Europa antes de instalarse en Santiago de Chile, y toca el piano, y hace teatro de improvisación, y con ese currículum una podría temerse un libro que quisiera demostrar cuánto sabe su autor. No es eso. Es un libro que mira las cosas pequeñas de la casa, una araña, una uva, una plantita de supermercado, con la misma atención con la que, de niña, una miraba las cosas antes de que le enseñaran que había cosas más importantes que mirar.

El primer poema, «miga de pan», es minúsculo y perfecto: una araña se lleva una miga «por el ascensor que él mismo construyó» (p. 13) y el poeta, que la ha visto «a contraluz» (p. 13), se pregunta si se nos escapan muchos detalles en la vida o si fue casualidad que en aquel instante mirara hacia allí. A mí esa pregunta me ha perseguido toda la lectura. Cuántas cosas hemos visto sin querer, cuántas veces ha sido pura casualidad que giráramos la cabeza.

Hay un poema, «un temblor», que releí tres veces solo por el placer de la imagen: un temblor de madrugada asusta a los helados de una heladería, «la vainilla pegó un salto y cayó contra el chocolate», y de ese accidente nace un sabor nuevo, «les llamaron stracciatella» (p. 15). Cualquiera puede escribir sobre el amor con metáforas de fuego. Hace falta cierta gracia para escribir sobre el amor con un accidente de heladería y que a una se le encoja el pecho igual.

Y luego está la grapadora. En «obsoleta», una grapadora de oficina se queda sin trabajo porque ya nadie firma en papel, y el poema la trata con la misma seriedad con la que trataría a una señora que pierde su empleo, «por falta de movimiento» (p. 22), dice, y a mí, que he visto jubilarse a gente de oficinas que ya no existen, esa imagen me ha dolido más de lo que esperaba de una grapadora.

El libro tiene una parte, «Latidos», donde el tono cambia hacia el amor, y ahí hay un poema, «80 latidos por minuto», que me ha hecho sonreír de una forma particular: el poeta, que es matemático, no sabe declarar el amor sin datos, y apunta la altitud, la hora exacta del amanecer, la fecha, «603 metros sobre el nivel del mar, viernes, el 8 de agosto de 2025» (p. 48), y solo después, cuando ya ha medido todo lo medible, se rinde: «tus respiraciones atraviesan, mi cuello y la espalda» (p. 48). Una conoce a hombres así, que necesitan ordenarlo todo antes de poder decir que quieren.

No es un libro solamente amable, ojo. Hacia el final hay un poema, «hacen juego con una vida», hecho recortando frases de un anuncio de electrodomésticos, y de ahí sale, casi sin que el poeta tenga que añadir nada, una frase que no se me ha ido de la cabeza: «venden corazón, artesanalmente, fundido esmaltado» (p. 67). Da un poco de vértigo pensar en cuántas cosas de las que compramos están vendidas así, con esa palabrería.

Y el libro termina donde una no se esperaba, con la enfermedad de la madre del poeta. El último poema, «huella sin firma», tiene cuatro voces, la arena, la marea, la madre, el hijo, y en la del hijo hay una frase que preferiría no haber tenido que subrayar, «carente de esperanza, de estar a tu lado» (p. 73). Después de tantas páginas de arañas y de uvas enamoradas, llegar a esto pesa de una manera distinta, más honda, como si el libro hubiera estado, sin que una se diera cuenta, preparando el terreno para esto desde la primera miga de pan.

No sé si a ustedes también les pasa que ciertos libros, sin ser grandiosos, se quedan pegados a lo cotidiano de una manera que luego no se olvida. Este es de esos. Merece la pena que se dejen encontrar por él, con calma, mejor por las noches, con una taza de algo caliente cerca, porque es de esos libros que piden ese ritmo.

— Ángela de Claudia Soneira