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Detrás de ti, de Nadina Fernández Caurel. Lo que guardamos sin querer

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Lo que guardamos sin querer

La otra tarde, ordenando una estantería que llevaba meses pidiéndomelo, se me cayó a las manos un poemario delgado que había dejado a medias, y me senté en el suelo, entre montones de libros, a terminarlo. Era Detrás de ti, el primero de Nadina Fernández Caurel. Y me pasó eso que a una le pasa muy de tarde en tarde: que se le fue la luz del día sin darse cuenta.

Es un libro que habla de cosas terribles —la violencia, el miedo, un cuerpo que aprende a no reconocerse en el espejo— y sin embargo no me dejó con el ánimo por los suelos, sino con una rara sensación de compañía. Será porque la autora no escribe desde el púlpito. Escribe desde dentro, desde una intimidad que reconoces aunque no hayas vivido lo que ella cuenta. Hay una voz que se desdobla, que se mira y no se encuentra, y una frase que subrayé y volví a leer varias veces: «sonrisa frontera, entre el bien y el mal». Cuántas veces habremos sonreído así, con la cara puesta y el resto escondido.

Me gustó mucho el sitio que le hace a la infancia, que aparece de pronto entre tanta sombra como un olor que vuelve: las piruletas, las palomitas de sal, un pueblo blanco. Nadina, que nació en Marsella de padres españoles y se crió entre dos lenguas, sabe de memorias que se guardan sin querer, y las coloca en el poema con una naturalidad que emociona precisamente porque no busca emocionar.

Y luego está Paloma, que es la hija, y que abre en mitad del libro una ventana de luz. «Paloma es libre, atada o amarrada pero libre», escribe, y una entiende que incluso desde el peor de los sitios se puede seguir queriendo, seguir dando vida. No es un consuelo fácil. Es algo más hondo, que a mí me tocó.

No diré que todo el libro esté al mismo nivel, porque no sería verdad y a ella no le haría ningún favor: hay poemas que se sostienen solos y otros que son más de paso, de tránsito hacia el siguiente. Pero el conjunto tiene una honestidad que se agradece, y una manera de decir el dolor sin regodearse en él que me parece de lo más difícil que hay.

Me quedé pensando también en el título, que es de esos que engañan un poco, y qué bien que engañen. Una lo lee al principio como una despedida, como quien mira por encima del hombro lo que va dejando atrás: el miedo, el hombre, los años malos. Y al final resulta que era otra cosa. La mujer se planta, se da la vuelta y mira de frente. «Detrás de ti me doy la vuelta», escribe, así, sin aspavientos. A mí ese pequeño gesto de plantar cara, sin gritos, casi de puntillas, me pareció el corazón entero del libro, y me acordé de tantas mujeres que conozco que un día, sin ruido y sin que nadie se enterara, se dieron también la vuelta. De eso también va esto, me parece. De la vuelta que una da cuando ya no puede más y, en vez de romperse, se gira.

Lo cerré ya de noche, sin querer terminarlo del todo, con esa pereza buena de cuando un libro te ha hecho compañía. Y me quedé pensando en el último verso, en esa mujer que por fin se da la vuelta y mira de frente lo que dejó atrás. Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. Yo me alegro mucho de que se me cayera, la otra tarde, de aquella estantería.

— Ángela de Claudia Soneira

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