Un telar en la mesa de la cocina
La otra tarde estuve buscando en un cajón una cinta de casete que no aparecía —una de esas grabadas de la radio, con la letra de mi hermana en la etiqueta— y acabé sentada en el suelo del pasillo con media casa abierta y ninguna cinta. Me pasa cada vez más. Busco una cosa y encuentro otras diecinueve, y ninguna era la que iba buscando, y sin embargo salgo de allí con la sensación de haber estado en algún sitio. Cuento esto porque llevaba dos semanas con El Hilo Hispanoamericano en la mesilla sin saber por dónde entrarle, y fue esa tarde, en el suelo del pasillo, cuando entendí de qué me estaba hablando.
El libro de Francisco Muñoz-Martín es exactamente eso: un cajón enorme donde uno va buscando un país y se encuentra diecinueve. Diecinueve pueblos y naciones —dieciocho Estados soberanos y Puerto Rico—, cada uno con su poema, y delante de cada poema una entrada histórica en prosa que te pone en situación sin darte la lección. Cierra una trilogía: primero fue El Hilo Azul, que iba de Europa; después El Hilo Ibérico, que iba de España; y ahora este, que cruza el Atlántico. A mí este es el que más me ha gustado de los tres, y creo que sé por qué.
Porque está escrito con el oído. Hay una frase en la nota inicial que me paré a subrayar con lápiz, que es como subrayo yo cuando el libro me importa de verdad: «Quise escuchar». Dos palabras. Y unas líneas más abajo, una honestidad que no se estila: «Toda síntesis es incompleta». Una ha leído bastantes libros sobre América escritos por señores muy seguros de todo, y les aseguro que ninguno empezaba admitiendo lo que le iba a faltar. A mí me entra una confianza enorme cuando alguien dice de entrada lo que no va a poder hacer. Es lo contrario de vender una cosa: es enseñar la costura antes de que la busques.
Y luego están los detalles, que es donde yo me quedo siempre. En El Salvador hay una pupusa que es «redonda como luna doméstica», y a partir de ahí el poema dice que el país entero está «rehecho en la palma de la mano», y eso me pareció una manera preciosa de hablar del hambre sin poner la palabra hambre en mayúsculas. En Puerto Rico, hablando de los que se marcharon a Nueva York, escribe: «Pero nadie se lleva una isla completa». Y en el interludio del Caribe, que son de las páginas más bonitas del libro, esto otro: «Y una tarde, / sin pedir permiso, / el dolor aprendió música». Lo leí, cerré el libro un momento con el dedo dentro, y volví.
Se me olvidaba lo principal, que es muy propio de mí: el libro suena. Al final de cada país hay una canción con letra y música del propio autor —que además de psicólogo y de escritor es músico, de la Academia de Música de España y de la SGAE— y un código QR para escucharla. Yo pensé que sería un adorno, una de esas cosas que se ponen ahora en los libros para parecer modernos, y me quedé con el móvil en la mano un rato largo. Hay diecinueve. Se grabaron en un estudio de El Escorial, con una lista larguísima de intérpretes que viene al final, en los agradecimientos, con nombre y apellidos cada uno. No sé cómo explicarles lo raro y lo bonito que resulta leer un poema sobre Honduras y luego oírlo cantado.
Otra cosa que quiero contarles, porque a mí me resolvió la lectura entera: cada país viene con dos textos, uno detrás del otro. Primero una página o dos en prosa, tranquilas, contándote quién vivía allí antes, qué pasó después y cómo se llama hoy lo que quedó. Y luego el poema. Al principio me pareció una manera un poco escolar de organizarlo, como los libros de texto del colegio, y a las tres o cuatro entradas entendí que era justo lo contrario: es que el poema, al no tener que explicarte nada, se puede dedicar a lo suyo. En Costa Rica, por ejemplo, la prosa te cuenta con toda seriedad que en 1948 se abolió el ejército; y el poema, en lugar de repetírtelo, dice que aquello fue «una isla sin fusiles en tierra firme» y se queda tan ancho. Yo eso lo agradecí muchísimo. Una está harta de libros que te cuentan la misma cosa dos veces con distinta ropa, y este te la cuenta una vez con datos y otra vez con luz, que no es lo mismo ni se parece.
No todo me convenció por igual, y sería tonto fingirlo. El glosario final ocupa casi cien páginas y está lleno de cosas que yo no sabía, pero tiene una fórmula que se repite entrada tras entrada —«En el poema simboliza», «En el poema representa»— y a la tercera decena empieza a sonar a profesor explicando en la pizarra lo que el alumno ya había entendido solo. A mí me pasó que lo dejé, me volví a los poemas y ya solo iba al glosario cuando me perdía de verdad. Tampoco los diecinueve poemas están al mismo nivel: el de Puerto Rico, comparado con los otros, está más contado que cantado, con las frases más largas y más explicativas, como si a ese le tuviera un cariño especial y quisiera decirlo todo de una vez y no se le olvidara nada.
Pero es que da igual. Una no lee un libro así buscando que todo esté afinado por igual; lo lee buscando que alguien le enseñe a mirar un mapa como se mira una fotografía de familia, deteniéndose en quién sale detrás y un poco movido. El último interludio, el séptimo, dice que después de los volcanes y los desiertos y las islas «Queda la voz. / No una sola. / Muchas», y que a veces esas voces se reconocen entre sí «Como quien encuentra, / en medio de la multitud, / un acento familiar». Cerré el libro con esa idea puesta y con la cinta de casete todavía sin aparecer. Merece la pena que se dejen encontrar por él.
— Ángela de Claudia Soneira
