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«El tiempo huele a papel», de Joseba Sasia Muñoz. La edad que se escribe con un verso en la mano

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La edad que se escribe con un verso en la mano

Hay libros que la prensa despacha en tres líneas porque no sabe muy bien qué hacer con ellos. «El tiempo huele a papel», de Joseba Sasia Muñoz, es uno de esos libros. Pertenece a una tradición que las páginas culturales suelen mirar de reojo, la del poeta que ya no es joven y aún no se resigna, la del escritor que decide hacer pública su edad en verso, con la única compañía de la imagen exacta y del humor que sólo la distancia da.

Sasia, vizcaíno de Barakaldo, nacido en 1957, no es un recién llegado. Tiene dos libros anteriores a este, ha sido reconocido con el Premio «Poemas de la Mar y sus Gentes» y, en 2025, con la Mención especial en el Concurso «Lorenzo Oliván» del Ayuntamiento de Castro Urdiales. Lo que hace en «El tiempo huele a papel», publicado por Editorial Poesía eres tú en 2026, no es por tanto un estreno. Es, por decirlo con la frase que la crítica inglesa reservó para los libros de edad tardía, una forma de ajustar cuentas con la vida sin pedirle permiso a nadie.

Conviene decir desde el principio que este poemario no es una pieza nostálgica. La nostalgia aparece, sí, pero subordinada a una mirada más fría. Léase, si no, este poema: «Nasciturus por dentro, / 60 años, por fuera…». Dos versos, once palabras, y la contradicción que recorre todo el libro queda dicha sin sobrexplicación. El poeta que se siente por dentro a punto de empezar mientras el espejo le devuelve a alguien con canas: ahí está la imagen justa que muchos libros de edad quisieran tener y no encuentran. Sasia la encuentra, además, en la tradición del verso castellano corto y memorable.

No es, por tanto, un libro fácil. Tampoco es un libro difícil. Es, simplemente, un libro que exige al lector la misma atención que el autor ha puesto en escribirlo. Su estructura, articulada en tres libros internos numerados —el paso del tiempo, los padres y la memoria, el amor—, sostiene la lectura y permite entrar y salir del poemario sin perder el hilo. La decisión de abrir con un prólogo en verso —«Todo empezó en los brazos de unos padres, que, con su acogida risueña y cálida, sin quererlo, ya me mostraban las puertas de la empatía»— y de dejar que la imagen del viaje recorra por debajo las tres partes, sin convertirse en una cuarta, es coherente con un proyecto que entiende la poesía como forma de memoria y como manera de volver sobre los propios pasos. Hay quien se ha despistado y lo ha llamado «poesía de la experiencia», categoría que en España arrastra más siglas que libros. Sasia, con mejor tino, se limita a escribir experiencia y deja que el lector la reconozca.

No es un libro para la reseña entusiasta. Es un libro para la lectura larga, la del subrayado y la de la segunda vuelta. Y es, sobre todo, un libro que se va a seguir leyendo. No ya porque gane premios —es probable que gane alguno— sino porque resiste, que es lo que Sasia parecía estar buscando desde el principio. Quien se acerque a él buscando la pirotecnia del lenguaje quedará decepcionado: este autor no hace juegos malabares con las palabras. Lo que hace es colocar cada palabra en su sitio, dejar que el silencio entre los versos cargue con lo no dicho, y fiarlo todo al ritmo y a la verdad. Hay quien lo leerá y dirá que es un libro menor. Habrá quien, en diez años, lo recuerde como uno de los que mejor contó la edad de los que ahora peinan canas. Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una.

— Ana María Olivares

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