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Ojos de Danubio Azul (Ohmenageries), de Carlos Enrique Rodrigo López. La maleta que guardamos sin querer

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La otra tarde subí al trastero a buscar una caja de adornos de Navidad y volví a bajar con las manos vacías y la cabeza llena, que es lo que pasa siempre que una se mete en esos sitios donde se acumula el tiempo. Había allí una maleta de mi padre, de las antiguas, sin ruedas, con las esquinas peladas, que nadie usa pero que nadie tira. Me senté en el escalón a mirarla un rato. Y me acordé, no sé muy bien por qué, de este libro de Carlos Rodrigo que llevaba días en la mesilla.

Será porque uno de sus poemas habla precisamente de eso. Se titula «El niño y la maleta» y nace de la lectura del checo Vladimir Holan, pero podría nacer de cualquier trastero de cualquier casa. «La maleta del poeta / se enmohece, / su piel se cuartea», escribe, y más abajo cuenta que esa maleta «lleva estoicamente / siendo la esquina de un cuarto / más de veinticinco años». A mí, que estaba sentada justo enfrente de una, me dio un poco la risa y un poco la pena, las dos cosas a la vez, que es como vienen casi siempre las emociones de verdad.

Conviene que explique, para quien no lo sepa, de qué va este libro, porque es un libro raro y hermoso. Carlos Rodrigo —que nació en Segovia, vive en Toledo y lleva años escribiendo de todo, poesía, cómic, relatos— ha hecho lo siguiente: leer a un puñado de poetas que admira, de Sharon Olds a Borges, de Panero a Benedetti, y escribir a partir de cada uno un poema propio. No los copia ni los versiona; los lee y deja que la lectura le crezca por dentro hasta convertirse en otra cosa. Él lo llama «ohmenageries», una palabra que se inventó mezclando el asombro, el homenaje y esa casa de fieras donde se guardaban antes los animales raros. Lo edita Ediciones Rilke, con ilustraciones, y es la segunda parte de un libro anterior que se llamaba justamente La casa de las fieras.

Dicho así suena a ejercicio de listo, a cosa de los que han leído mucho y quieren que se note. Y les juro que no lo es, o no solo. Porque por debajo de toda la erudición —que la hay, y mucha— lo que late es algo muy sencillo y muy de todos: la gente que se nos fue, las casas que se caen, el otoño que llega. Hay un poema, «Hojas de otoño», en el que las hojas «aunque aún cuelgan del cielo / ya comienzan a mirar al suelo», y yo, que estoy en una edad en la que una empieza a mirar al suelo más de lo que quisiera, me reconocí enterita en ese verso.

Me ha gustado mucho, también, un poema sobre la oficina. Se ve que Rodrigo ha fichado de nueve a seis como casi todos, porque escribe que «tiene la oficina sus poemas» y luego va enumerando las cabezas cuadradas, los ordenadores rechonchos, «sus archivos temporalmente definitivos» —qué bien visto eso, lo temporalmente definitivo, que es como vivimos casi todo— y acaba con las «mujeres que no vuelven» y los «lunes que se apagan». Hay humor, pero un humor que no se ríe de nadie, que es el único que a mí me vale.

No quiero dar la impresión de que es un libro triste, porque no lo es. Es un libro que sabe que la vida pasa y aun así brinda. De hecho termina con un poema que se llama «Brindis» y que es una fiesta y un funeral al mismo tiempo. Empieza brindando por tonterías estupendas —«por las sonrisas postizas», «por los escotes abisales»— y va subiendo, despacito, hasta brindar «por los que ya no están, / por los que no estamos, / por los que nunca estuvimos». Cuando llegué ahí tuve que parar. Lo cerré un momento, con el dedo dentro para no perder la página, como se cierran los libros que le tocan a una de cerca.

Hay una cosa que quiero decir, aunque no entienda yo mucho de estas modernidades. Algunas de las ilustraciones del libro están hechas con inteligencia artificial, y el autor lo cuenta sin esconderlo. Sé que esto levanta ampollas, y lo entiendo. Pero a mí, leyendo, lo que me ha quedado no son los dibujos de la máquina, sino la mano del que escribe, que esa no la hace ningún aparato: la manera de mirar una maleta vieja y verla embarazada de versos, la manera de despedir a los que se fueron sin ponerse solemne. Eso sigue siendo de él, y de nadie más.

Hay un poema que me dejó sin habla un rato largo. Se llama «Siempre vuelven los viajeros» y habla de esa gente joven con la que uno se cruza por la calle y que, de pronto, se parece tanto a los que ya no están. «Son tan iguales a los nuestros, cuando hace años, para nunca, se nos fueron», escribe. Yo tengo una edad en la que esa frase ya no es literatura: es la cola del súper, es el chico del autobús que se parece al hijo de una amiga que se murió. Carlos Rodrigo lo dice sin dramatismo, casi de pasada, y por eso duele más. Lo bueno de este señor es que no llora delante de ti; te pone la mano en el hombro y mira para otro lado mientras lloras tú. Que es, si lo piensan, la manera más elegante de acompañar a alguien.

No sé si este libro va a llegar a las listas ni a los suplementos, esas cosas nunca se saben y casi nunca son justas. Lo que sé es que a mí me ha hecho subir al trastero con la cabeza y bajar con el corazón un poco revuelto, y eso, para un libro de poemas, ya me parece bastante. Merece la pena que se dejen encontrar por él. Y, si pueden, que después suban a su propio trastero a mirar su propia maleta. A veces dentro hay más de lo que recordábamos haber guardado.

— Ángela de Claudia Soneira