Don de la invocación de Raúl Gimeno: La herida que se hizo boca, o la poesía como lugar del ser
Hay libros que llegan al lector como si hubieran estado esperando mucho tiempo, con esa paciencia silenciosa que solo el poema verdadero puede practicar. Don de la invocación, el primer poemario de Raúl Gimeno, es uno de esos libros que no buscan el escaparate ni el ruido de la temporada, sino algo más hondo y más exigente: la atención sostenida de un lector dispuesto a habitar el claroscuro del lenguaje, ese espacio liminal donde la palabra roza lo que no puede del todo decirse.
La pregunta que abre el libro —»¿Para qué poetas en tiempos de miseria?»— no es retórica. Viene de Hölderlin, que a su vez viene de la conciencia de una fractura: la pérdida del vínculo entre el hombre y lo sagrado, la incapacidad del contemporáneo para soportar la presencia de los dioses, o siquiera su ausencia con dignidad. Gimeno hace suya esa pregunta desde el primer poema y la sostiene durante todo el poemario como un fondo de angustia lúcida. El resultado no es una queja, sino una indagación: ¿qué puede hacer la palabra poética en un tiempo que ha roto con el origen?
El poemario se articula en dos partes que funcionan como dos momentos de un mismo viaje interior. La primera, «Y la herida se hizo boca», transcurre bajo el signo de la pérdida —del sentido, de la inocencia, del dios cercano—, con poemas tensos y oscuros donde la voz poética se mueve entre la disolución del yo y la angustia existencial. La segunda, «Palabras al silencio originario», abre una respiración distinta: el contemplativo que emerge del descenso recupera algo parecido a la serenidad, aunque no sea una paz completa ni definitiva, sino más bien el reconocimiento de una nueva manera de mirar. La lluvia, la piedra, el vencejo, el campo de centeno se vuelven presencias cargadas de significado no simbólico sino revelador, en el sentido heideggeriano del término.
El lenguaje de Gimeno es austero sin ser frío, meditativo sin ser abstracto. Sabe que el poema auténtico no admite adorno gratuito, que «la belleza liminal» —como él mismo señala en su poética— puede ser cruel cuando es verdadera. Esta convicción se percibe en la escritura: los versos no buscan efectos superficiales, sino esa resonancia que permanece después de que la palabra ha regresado al silencio. Hay en el libro una tradición profunda y bien asimilada —San Juan de la Cruz, Maestro Eckhart, Valente, Hölderlin, Machado, Cernuda—, pero no como exhibición erudita sino como sustrato vivo, como el subsuelo que alimenta la flor que vemos sobre la tierra.
De entre todos los poemas, «El tiempo del poema» concentra la poética central del libro con una precisión que merece detenerse: «Nombrar es matar. / El poeta que no abre un espacio / al silencio / es culpable / del mayor de los crímenes: deicidio.» La paradoja es intensa y consecuente: el poema que no calla algo, que no deja abierta una grieta por donde entre lo no dicho, mata aquello mismo que pretende convocar. Esta es la apuesta de Don de la invocación: no la poesía como ornamento ni como desahogo, sino como invocación genuina, como rito de apertura hacia lo que permanece oculto.
El poemario culmina con un diálogo entre Poeta, Filósofo y Místico que puede leerse como la síntesis de los tres registros que atraviesan el libro: el conocimiento racional, la experiencia espiritual y la creación verbal. El Místico cierra el texto con la frase que condensa todo el recorrido: «Dios es su fruto.» El silencio originario como principio creador, no como carencia sino como plenitud. La memoria y el tiempo fundidos en una palabra que solo puede nacer desde el despojamiento.
Raúl Gimeno llega tarde, o llega a tiempo: la voz está formada, el temple es el de quien ha madurado lentamente. Este primer poemario no actúa como prueba ni como promesa, sino como llegada.
Antonio Graña Ojeda











